viernes, 24 de julio de 2009

José Morella: "Europa es el lugar donde menos cosas importantes van a ocurrir en el futuro"

-Tu novela comienza con una suerte de declaración de intenciones en la que afirmas cosas como "Nuestro árbol genealógico está cargado de frutos extraños" o adviertes que todos hacemos cosas por nuestra familia que detestamos. "Dicho esto podemos, tú y yo, lector, empezar a inventar", añades. ¿Homenaje a los libros testimoniales, a las fábulas con moraleja o simple jugueteo literario?


-En la primera página de la novela se alude al lector porque yo creo que la magia de lo literario está más en la lectura que en la escritura. El escritor es un enlace, o un intercesor, como lo llamaría Cortázar. Leyendo he tenido experiencias más reveladoras y profundas que escribiendo. Es el lector el que posa sobre un texto su experiencia de vida y, de ese modo, arma un sentido. El sentido nunca acaba de cerrarse, es como un bicho que no sabe estarse quieto. En realidad, lo que uno hace cuando lee es retocarse a sí mismo. Un buen lector construye un sentido nuevo y, gracias a ello, muda de piel. Es activo, reflexiona y se reinventa. Por eso publicar una novela es un privilegio increíble: hay gente que se mete en librerías, se lleva tu libro y, si hay suerte, consigue usarlo como espejo para mirarse y cambiar. Por supuesto, eso no siempre se da: soy consciente de que la lectura no es una panacea y de que leer no garantiza nada. A veces es simplemente una forma como otra de perder el tiempo, una evasión superficial o una simple pose social. No creo que la gente que lee tenga nada esencialmente mejor que la que no lo hace. Pero hecha esa salvedad, creo que las novelas nos pueden ayudar. Las leemos en momentos distintos de la vida y nos dicen cosas distintas. Pero cosas que ya estaban ahí. El texto hace que resuene dentro de ti algo que en el fondo ya sabías. Una novela como la mía, por ejemplo, que trata conflictos familiares, no la puede leer igual una madre con hijos pequeños que la misma madre con los hijos ya crecidos. O dos personas cuyas infancias fueron distintas. O un europeo y un africano, o un anciano y un joven. No sé qué pensaré de ella yo mismo, por ejemplo, cuando tenga la edad de Roberto, si es que llego. Tal vez la aborrezca, quién sabe.
Por lo que respecta a la familia, no sé si diría (en el libro no lo digo) que todos hacemos cosas que detestamos por culpa de nuestra familia. Lo que digo es que hacemos cosas que no haríamos, que tomamos decisiones distintas a las que tomaríamos. Y eso no es necesariamente malo. Sí creo que la familia, así, a secas, no es un elemento de valor positivo ni negativo. Criticarla o alabarla no tiene ningún sentido. Es como criticar al mar o a la luna. Lo que sí se puede criticar es cierta concepción de la familia en la que los vínculos de poder se establecen mediante una autoridad arbitraria, abusiva, y ahogan la libertad personal. Eso le ocurre a Roberto, el personaje de mi novela, y ocurre cada día en todas partes del mundo.

-El personaje principal, Roberto, es un traductor que ama profundamente su oficio y detesta a los que creen que cualquiera puede vertir un idioma a otro. ¿Esa visión es la tuya?

-De nuevo me suena un poco fuerte lo de detestar... Pero sí, la visión de la traducción que se da en el libro se parece a la mía. Traducir es una labor delicada, que requiere humildad y respeto. No se trata solo de conocer dos lenguas. Traducir es investigar. Si crees que ya sabes lo suficiente antes de empezar, o eres un genio o un inconsciente. Más probablemente lo segundo. Se trata de crear un texto en el que otro autor, que escribió previamente en otra lengua, se siga reconociendo; pero al mismo tiempo ese texto debe no chirriar en el oído de los lectores hablantes de la lengua de llegada. Eso a veces requiere casi un milagro. El texto nuevo, eso que llamamos traducción, nos alcanza y nos oscurece a la vez el otro texto, el que llamamos original. Oswald de Andrade vinculó a Shakespeare con las lenguas tupí-guaraní (casi extintas) con estas palabras: “tupí or not tupí”. Esa frase es un puente finísimo y quebradizo que nos permite transitar la distancia sideral entre el occidente judeocristiano y los indios que ese occidente casi extermina hace cinco siglos. Que los tupí-guaraní vivan o que desaparezcan. La traducción se parece a esa frase. Es un fracaso precioso. A mí me ayuda mucho traducir porque me hace consciente de lo pequeño que soy, de lo poco que sé.

-La novela plantea un conflicto muy profundo entre un padre y su hija. ¿Es la sociedad del bienestar la que mejor hace aflorar lo peor de nosotros mismos?

-Para mí el mundo es uno, no se separa en cajones estancos. Para que unos vivamos en esa llamada sociedad del bienestar han tenido que ocurrir -y siguen ocurriendo sin descanso- fenómenos compensatorios en otros lugares del mundo, ya sean lugares físicos o sociales. Hay que exprimir la naranja para que dé zumo. El conflicto entre Roberto e Isabel, que es un conflicto personal latente desde mucho tiempo antes, solo aflora cuando entra en juego Jacinta, una inmigrante. En el primer mundo se aprovecha la fuerza de trabajo de los inmigrantes jóvenes con horarios maratonianos y sueldos bajos, pero en cuanto se acerca la hora de pagarles la pensión intentamos hacernos los suecos. A la gente le irrita que haya hijos de inmigrantes en nuestras escuelas, y tampoco les gusta verlos en la cola del ambulatorio. De hecho, ahora nuestro Gobierno les subvenciona billetes de vuelta a sus países. Europa siempre hace lo mismo: chupar la pulpa de la fruta y tirar la cáscara al jardín del vecino. A los europeos nos cuesta mucho reconocer responsabilidades colectivas. Por motivos de trabajo conozco a gente joven de muchos países, y tengo la sensación -tal vez equivocada- de que los jóvenes europeos están muy infantilizados. No se dan cuenta de dónde sale su bienestar y viven como si el mundo hubiera empezado cuando nacieron ellos. Asumen que la explotación y el abuso histórico infligido por españoles, portugueses, holandeses, ingleses o belgas por todo el globo no tiene nada que ver con ellos ni con su vida cotidiana en el presente. Como si el bienestar fuera una especie de característica nacional de su país, sin vínculos con una violencia original. A mí me parece que, o cambia mucho esto, o Europa es el lugar donde menos cosas importantes van a ocurrir en el futuro, tanto política como humanamente. Es una especie de decorado gigante de una película de Visconti, donde nos regodeamos en nuestra propia decadencia. Vivimos con menos estrecheces que otros, pero a costa de una espiritualidad reprimida. Somos pobres por dentro.

-La historia avanza sin descanso a lo largo de 168 páginas, sin pausas ni divisiones en capítulos. ¿Por qué elegiste esa opción?

-Diría que me eligió ella a mí. Hubo capítulos en varios borradores de la novela, cuando era más larga y con más personajes. Pero conforme iba adelgazándola y puliéndola me parecía que los capítulos eran cortes bastante arbitrarios. En realidad, dejando aparte el planteamiento inicial, lo que se cuenta es un secuestro que dura cuatro o cinco días. Creo que es una experiencia lo bastante compacta y breve como para prescindir de divisiones, aunque no acabo de estar seguro. Simplemente sé que en un momento dado tuve la impresión de que los encabezados de los capítulos se secaban y se caían, así que ya los borré yo directamente.

jueves, 12 de marzo de 2009

Félix J. Palma: «Me siento con la madurez suficiente para hacer frente a lo que venga»

—Su novela es una reivindicación de los altos vuelos que puede alcanzar la novela de género. ¿Algo que añadir a las muchas páginas de la novela?
Supongo que como se suele decir, lo he demostrado con hechos. En mi opinión, las historias de género -¿cuál no lo es?- no tienen por qué excluir los valores de la literatura con mayúsculas. Yo empecé escribiendo cuentos de ciencia ficción, e intenté hacerlo siempre con una prosa de calidad porque independientemente al amor que pueda sentir por el género, también amo la literatura, la musicalidad del lenguaje, la potencialidad de las palabras… En El mapa del tiempo he adaptado mi escritura porque tenía que trabajar con una historia más dinámica que las que generalmente alumbran mis cuentos, pero intentando que pese a ello también tuviera un valor en si mismo, que ofreciera un placer estético.

—¿El homenaje a H. G. Wells está en el origen del texto o hay algo más?
Antes de embarcarme en esta novela, Wells era uno de mis autores de cabecera. Creo que fue un auténtico visionario: con La máquina del tiempo inauguró el subgénero de los viajes temporales y con La guerra de los mundos el de las invasiones extraterrestres… Pero ahora, tras documentarme sobre la vida del escritor, me atrevería a decir que lo conozco como persona. El homenaje, pues, no se limita al origen del texto sino que toda la novela, y su protagonismo en ella, puede considerarse un homenaje a su visión lúdica de la literatura, al menos en el periodo que recoge. Y he de confesarle que Wells ha demostrado ser un personaje realmente atractivo para un escritor, mucho más de lo que en principio esperaba. Me he sentido muy cómodo en su piel.

—¿Novela de género o de géneros? Porque hay policíaco, histórico, de ficción científica...
Romántico… Hay quien ha visto también un homenaje a los libros de autoayuda en la escena de Wells y Merrick. Por supuesto, huelga decir que no se trata de algo deliberado por mi parte: sencillamente la historia fue saltando de un género a otro con naturalidad, siguiendo la lógica interna del relato. Ahora me gusta su aire inclasificable, porque las etiquetas siempre restringen, aunque creo que de inscribirse en un género sería en el género de aventuras. En el fondo es un homenaje a todos esos libros que leímos de pequeño y nos hicieron soñar.

—Ya sé que se lo han preguntado muchas veces, pero es difícil no insistir. Ha pasado usted de ser un militante del cuento a un novelista de largo aliento. ¿No tiene término medio?
Jajaja… Si por término medio se refiere a una novela corta, la verdad es que aún no he probado esa distancia. Tengo dos novelas anteriores, sin embargo, aunque no pesan tanto como El mapa del tiempo, por lo que me atrevería a decir que las 622 páginas de ésta última no deberían resultar tan extrañas, sobre todo teniendo en cuenta que no podría haber contado en menos páginas la historia que recoge. Una de las cosas que más me satisfacen es que, pese al elevado número de páginas, no sobra ninguna, al menos eso creo. Algunos lectores incluso me han dicho que desearían más páginas, que les gustaría que la novela no acabara nunca.
De todos modos, pese a mi amor por el cuento, no me considero un cuentista militante. Siempre he dicho que soy un cuentista más casual que vocacional. Creo que soy ante todo un narrador, y cada historia, obviamente, exige su espacio. Cuando empecé a trazar el argumento de El mapa del tiempo comprendí que sería una novela extensa, más que cualquiera que hubiese escrito hasta entonces, pero eso no me amedrentó y ahora que ha cobrado existencia física, que se puede tocar y ver en los escaparates, le confesaré que yo mismo me sorprendo de sus dimensiones. Y la verdad es que su escritura me ha hecho perderle el miedo no sólo a las largas distancias, sino a muchas otras cosas, como a manejar personajes reales o a documentarme sobre épocas del pasado, por ejemplo.

—Es evidente que piensa usted en el lector cuando escribe, que le tiene en cuenta. Desde ese punto de vista, no debería sorprenderle el éxito de su novela. Digamos que está hecha para eso. ¿Le sorprende?
Vayamos por partes. Es cierto que siempre que escribo algo tengo presente al lector. Creo que todo arte es fundamentalmente un diálogo con un receptor, un acto de comunicación. No soy de esos escritores que escriben para sí mismos las cosas que les gustan, no, todo lo contrario: intento transmitirle al lector la misma pasión que yo siento por los asuntos sobre los que escribo. Al poco de ser editado, El mapa del tiempo fue saludado como un best seller, cosa que me sorprendió, porque si mi intención hubiese sido escribir un best seller hubiese introducido intrigas vaticanas, cuadros malditos y sectas satánicas, aunque fuesen de enfermos del riñón, pero yo he escrito una historia sustentada sobre los viajes temporales, una temática propia de la ciencia ficción, que es un género que en nuestro país, desgraciadamente, no cuenta con demasiados lectores. Y con esto respondo a su segunda pregunta: sí que me sorprende el éxito que está teniendo mi novela, o mejor dicho, me sorprende haber logrado despertar el interés del público con una propuesta tan poco convencional, por decirlo de algún modo.

—La semana pasada se conocía la noticia de la venta de la novela a Simon & Shuster, una de las más prestigiosas editoriales de los Estados Unidos. Y también se ha vendido ya a Nueva Zelanda, Italia, Brasil, Portugal y Noruega, y suma y sigue... En la nota de prensa se hablaba de una revelación literaria a la altura de La sombra del viento. ¿Le tiene miedo a lo que pueda pasar o se siente preparado para hacerle frente?
Le confieso que algo de miedo tengo, pero también me siento con la madurez suficiente –¡acabo de cumplir los cuarenta!- para hacer frente a lo que venga, y sobre todo con la tranquilidad de espíritu adecuada para disfrutarlo.
* Entrevista de Care Santos

martes, 24 de febrero de 2009

Care Santos: «Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites»


—Tu obra suele articularse a partir de mecanismos de ficción y temas reales o de actualidad, pero en ningún caso la situaría en terrenos afines al Nuevo Periodismo, tampoco la considero híbrida (tal y como se entiende el término hoy en día, aunque toda literatura tiene su punto mestizo).
—Me interesa la realidad como punto de partida, no como fin en sí misma. Tiene que ver —supongo— con las razones que me llevan a escribir. Retener la realidad es una de ellas. Aunque no basta con eso. Si yo conociera de primera mano un crimen como el que narra Truman Capote en A sangre fría, contaría la historia del vecino que lo vio todo pero calló porque esa misma noche se la pegaba a su mujer con otra. Más que la realidad, me interesan sus intersticios, la grieta por donde todo se resquebraja. Y con respecto a las hibridaciones: hace tiempo que quiero escribir novelas que combinen géneros supuestamente populares y otras cosas. La novela de terror, el thriller de médicos, el realismo social, la novela sentimental e incluso la novela negra están en Hacia la luz.

—La voz siempre tiene un peso importante en tus proyectos. Muchas de tus novelas son monólogos entrecruzados o coros.
—La focalización narrativa me obsesiona. Llevo años obsesionada con la omnipresencia del yo en la narrativa actual, y creo haber encontrado una explicación que tiene que ver con la subjetividad como último reducto de la literatura en su enfrentamiento con el mundo audiovisual. Desde luego, la voz es la gran decisión de un novelista. No logras dormir tranquila hasta que consigues saber quién narra y por qué motivo. Siempre que puedo, recurro a la multiplicidad de voces. Es una dificultad que me divierte y que aporta a la historia una riqueza que la equipara con la propia vida. Al fin y al cabo, a todos nos gusta conocer distintas versiones de los mismos hechos.

—Has trabajado en la radio y tienes un libro (Solos) de aliento teatral.
—El teatro me interesa desde hace muchos años. Casi me convierto en directora. Estudié arte dramático, milité en grupos de aficionados e incluso llegué a cantar en una versión de La verbena de la paloma. Pero al final lo dejé y me he conformado con escribir sobre teatro en diferentes periódicos. Y he leído muchas, muchísimas obras.

—Da la sensación de que a veces tus intereses parten de la recuperación de testimonios (como en Los ojos del lobo, sobre el asesinato de Sonia Carabantes) o de su recreación (como en Trigal con cuervos, sobre el genocidio armenio).
—Retener la realidad es una de las razones por las que comencé a escribir. De pequeña escribía de forma obsesiva sobre las cosas que me rodeaban: los asistentes a una fiesta, los pueblos que dejaba atrás en un viaje por carretera… Anotar sus nombres en un cuaderno los libraba del olvido, de algún modo los redimía de algo… Sigo escribiendo obsesivamente cuando viajo. Lo anoto todo, todo. Sospecho que también en mis novelas trato de retener una realidad formada a partes iguales de sucesos y de las emociones que esos sucesos despiertan en mí. El asesinato de Sonia Carabantes, por ejemplo, llamó mi atención en un momento muy concreto de mi vida, después de haber dado a luz a una niña. Sentí la necesidad de escribir sobre la desesperación que provoca perder a una hija. Casi todas mis novelas tienen puntos de partida semejantes: suceso y emoción.

—Para evitar los convencionalismos de la realidad (nuestra opinión sobre las cosas), en Hacia la luz utilizas la fantasía (la descripción de aquello que no podemos ver o entender con claridad) aunque sin dejarte llevar por tentaciones kitsch (caprichosos paisajes del Cielo o del Infierno).
—Antes hablábamos de las grietas por donde la realidad se resquebraja. Lo sobrenatural es una de ellas. No sólo porque nuestros temores hablan de nosotros mejor que cualquier otra cosa, también porque forman parte de una especie de imaginario universal que todos compartimos: el miedo a la muerte, a lo que regresa del Más Allá, a traspasar cierto umbral desconocido, a la muerte como concepto abstracto, a la verdad demasiado desnuda… Son asuntos sobre los que —en mi opinión— vale la pena escribir. El problema es que se ha escrito mucho, y el lugar común (o kitsch) está demasiado presente. Hay que armarse de valor para permitir que algún fantasma se cuele en tu trama. Pero si lo hace con la misma naturalidad con que a veces lo terrorífico irrumpe en nuestras vidas, puede resultar muy estimulante.

—Los personajes principales de la novela parecen muertos en vida (por su pasado, por su inamovible posicionamiento ante las cosas o por su resignación).
— Un amigo me dijo una vez que mis personajes no piensan. Fue un comentario al que di muchas vueltas. Durante un tiempo traté de ponerle remedio. Pero van pasando los años, y mis personajes siguen sin pensar. Obran de forma impulsiva, llevados por sus vísceras. Creo que todos ellos han heredado lo peor de mí misma. En Hacia la luz, los únicos resignados son los moribundos, porque no les queda otro remedio. A los protagonistas yo los veo como auténticas locomotoras: se dejan guiar por sus intereses sin detenerse ante nada ni nadie.

—Al final, la novela invita a pensar que relacionarnos con la muerte nos proporciona una experiencia que a menudo queremos dejar de lado (por miedo, ignorancia o dejadez) como si no nos incumbiese.
—La ficción siempre invita a la toma de posiciones. El asunto de esta novela sé que espantará a ciertos lectores. Del mismo modo, me gustaría que permitiera, a quienes lleguen al final, ver las cosas de un modo menos dramático. Morir no es terrible si se ha disfrutado de la vida. Para disfrutar de la vida creo que no viene mal saber que la muerte acecha. Y para ello es imprescindible poder hablar sobre la muerte con naturalidad, sin esconder nada, sin recurrir a eufemismos, sopesando qué clase de muerte deseamos para nosotros y para aquellos a quienes amamos. Mientras me documentaba para la escritura, me refirieron el caso de un matrimonio que durante cincuenta años de convivencia jamás se habían atrevido a hablar del tipo de muerte que desearían. En aquel momento, el marido se hallaba conectado a un respirador artificial y la mujer no sabía lo que él habría deseado que hiciera ella en un caso así. Me pareció algo terrible. No vendría mal vivir pensando que moriremos. Ni morir pensando en lo que hemos vivido. De algún modo, es lo que dijo Maurice Blanchot: «Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites».

viernes, 13 de febrero de 2009

Manuel Vilas: “El humor es la sangre de la inteligencia”

Si bien es cierto que Manuel Vilas había despertado con su narrativa muchísimo interés por parte de la crítica más arriesgada, es con España donde ya entendemos que hay un salto significativo. La mirada atenta de críticos como Vicente Luis Mora, la inclusión en antologías como Golpes, ficciones de la crueldad social (DVD, 2005) coordinada por Vicente Muñoz Álvarez y Eloy Fernández Porta y Mutantes: Narrativa española de última generación (Berenice, 2007) de Juan Francisco Ferré fueron pasos importantísimos para el conocimiento de muchos de lo que proponía Vilas y muchos otros autores, acerca de una narrativa que escapaba de las etiquetas más comerciales. Sobre esto, España y otras cosas, Manuel Vilas nos comenta.

—Cuéntanos cómo te preparas para escribir un poema, relato o novela. Cómo te inspiras previamente.
—No soy un profesional. No escribo durante mucho rato seguido. Necesito música para escribir. Y no cualquier música. Más o menos esta música: The Velvet Underground, Johnny Cash, The Who, Patti Smith, Lou Reed, Simon y Garfunkel, John Cale, Elvis Presley y Joy Division. A veces incluso Dylan.

—España es una novela que en cierta medida plantea la crisis de la novela en términos estructurales ¿Cómo fue ese proceso de postura narrativa?
—El mundo está fragmentado. La historia de mi vida no tiene unidad ni de acción ni de espacio ni de tiempo. El caos está muy bien. Me gusta el caos. Me ilusiona el caos. El orden es una ilusión política que el siglo XIX incorporó a la novela. Luego Kafka y Joyce ridiculizaron ese orden de la novela del XIX, y ahora a ver qué hacemos. Eso, a ver qué coño hacemos ahora.

—Las identidades se disuelven y los personajes abundan en Psicologías que constantemente nos interrogan sobre la situación del sujeto en Occidente ¿Cómo vislumbras el futuro de este sujeto?
—La identidad también es una ilusión política. Lo que tenemos son deseos y ganas de cumplir esos deseos a cualquier precio. Ya lo dijo Nietzsche, que era un destructor de las ilusiones políticas modernas. El problema es la alternativa a esas ilusiones.

—¿Cuál es tu opinión acerca de lo que se suele entender por escritura Política?
—En realidad yo he llegado a la escritura política a través de la parasicología y de un deseo salvaje de ser libre. Soy un poco medium: oigo a los muertos decirme que los engañaron. ¿Quién los engañó? Les digo que vean el programa de Iker Jiménez. Todo está en la tele. He visto cuarenta veces El Resplandor de Kubrick.

—Jordi Carrión en una entrevista te preguntaba por la vinculación de España con obras del presente histórico del panorama español. Ahora quisiera extender esa pregunta a la vinculación de España con obras del presente histórico de la narrativa en general.
—Tendríamos que hablar de Ballard, entonces, y de David Foster Wallace. Me gusta mucho el dossier que el número de enero de la revista “Quimera” le ha dedicado a Foster Wallace. Por otro lado, la obra de Fernández Mallo ha abierto el camino de la renovación de la narrativa española.

—Algunos de los personajes de España, como el científico de Universos Paralelos, el Víctor Manuel de La Muerte de Patti Smith el Filósofo de María o el curioso orador de Fidel, último discurso, son personajes que llegan al límite producto de la inmensidad de sus deseos para luego caer abandonados en el absurdo. ¿En que medida el humor es trascendental para tu escritura y que tipo de lecciones tecnológicas crees que podemos tomar de las situaciones absurdas?
—El humor es la sangre de la inteligencia. El humor es una batería que acaba desgarrándonos los oídos.

—Ahora hablando de poesía, durante un tiempo cercano en Zaragoza están apareciendo interesantes voces poéticas. ¿Podrías dar tu visión del actual panorama poético aragonés?
—Zaragoza está llena de poetas. He hecho dos antologías con las voces poéticas más significativas de la actualidad. Remito a esas antologías, allí salen todos los nombres, o casi todos, alguno me habré dejado, obviamente. La novedad es que ahora hay escritores latinoamericanos en Zaragoza, eso es nuevo y tremendamente fértil.

—Para finalizar, en Diciembre de 2009 estuviste en Chile en el encuentro internacional Chilepoesía. ¿Cómo viviste ese encuentro y que pudiste apreciar de la poesía latinoamericana?
—Latinoamérica es poesía en estado de explosión política. Va a haber un ciclón. Me gustan los ciclones. Ciclones humanos, quise decir. Me gusta Neruda. Mi poesía es una mezcla de Neruda con Joy Division. Está bien esa mezcla. Me gustó mucho la casa de Neruda en Isla Negra. En la casa se conservan los zapatos de Neruda. Estuve mirándolos un buen rato. Me entraron ganas de ponérmelos. Latinoamérica es el futuro.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Luis García Jambrina: «Las letras pueden ser un buen asidero en tiempos de crisis»

–Convertir a Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, en un investigador de crímenes en serie es, cuanto menos, osado. ¿Es la familiaridad con los clásicos lo que ampara tanta osadía o hay otras razones, que pueda confesarnos?
–La novela nació de una fascinación por la figura de Fernando de Rojas. Casi todo lo que rodea a La Celestina y a su autor –o autores– es un misterio, y eso me interesaba mucho. Naturalmente, he incorporado a su biografía lo poco que sabemos de él y algunos rasgos que se le atribuyen, como su condición de converso, que es un aspecto fundamental en la novela. A partir de ahí, he intentado crear un personaje verosímil y atractivo. Yo lo convierto, desde la admiración, en una especie de detective que por obligación tiene que investigar una serie de crímenes. Eso crea conflicto a su alrededor y me permite hacer que se mueva por todos los lugares y estamentos de la ciudad de Salamanca en ese momento. Se trata, naturalmente, de un personaje muy complejo, con sus virtudes y sus debilidades. Es un hombre ya del Renacimiento, un humanista, con una gran inteligencia, una mente deductiva y una curiosidad infinita, pero también algo ingenuo. Desde muy joven, ha vivido consagrado al estudio, y muy pronto se da cuenta de que no todo está en los libros y de que estos no bastan para conocer la verdad. Es también un antihéroe heroico. Al final, ese proceso de investigación será también un proceso de búsqueda de la verdad y de transformación personal. Es uno de esos personajes a los que les coges cariño y luego te cuesta mucho despedirte de ellos.

–No sé por qué, no le veo leyendo esas novelas históricas con trama esotérica que encandilan a tantos lectores. Sin embargo, la suya es –entre otras cosas– una novela histórica con trama esotérica. ¿Por qué estos mimbres?
–“El manuscrito de piedra” es, sí, una ficción histórica, pero no creo que tenga una trama esotérica, si bien hay diversos elementos de tipo fantástico que tienen que ver con la brujería, el inframundo y el culto al diablo. Por lo demás, participa de muy diversos géneros: novela histórica, detectivesca, de aventuras, de misterio, fantástica, de aprendizaje, de campus…, unos propios de la novela popular y otros de la novela culta. Participa, en mayor o menor medida, de todos ellos, para al final trascenderlos o llevarlos un poco más allá, gracias a su alcance simbólico. Su trama es más bien negra o policíaca. Por lo general, cuando se habla de experimentación e innovación en la novela, se hace hincapié en la experimentación formal, pero yo creo que también se experimenta e innova mezclando géneros o tratando algunos temas y asuntos de manera distinta.

–Es inevitable, al leer su novela, establecer comparaciones entre la situación de los conversos en el siglo XV y la intolerancia religiosa que vivimos en nuestros días. ¿Se escribe novela histórica para invitar a la reflexión sobre el presente?
–Siempre se ha dicho que algunas épocas del pasado pueden ayudarnos a entender mejor nuestro presente. Y, en este caso, no sería difícil hacer analogías entre ambas épocas, incluso en pequeños detalles, como la actitud ante el tabaco. La novela está llena de guiños irónicos en este sentido. Por otra parte, en ella, se plantean cuestiones que están muy de actualidad ahora, como la tolerancia y el respeto hacia lo diferente o la necesidad de la cultura clásica para la vida. Al igual que ocurría en aquella época, ahora se hace necesario volver a las fuentes de nuestra cultura; y, para ello, hay que mantener y cuidar las humanidades, que últimamente se están viendo amenazadas. Las letras pueden ser un buen asidero en tiempos de crisis. Los únicos valores firmes que tenemos. O parodiando el título de una serie televisiva de moda: Sin letras no hay paraíso.

–Y llámame chismosa, pero también es inevitable leer crítica al mundo académico actual en la crítica al ambiente académico de la Salamanca del siglo XV. ¿A la Universidad actual también la haría falta una cueva como la de la novela?
–Naturalmente, también aquí pueden hacerse analogías. Entonces, como hoy, eran frecuentes las luchas de poder, los enfrentamientos por las cátedras, si bien el funcionamiento era muy distinto y seguro que va a sorprender a más de uno. Por otra parte, esta novela tiene mucho de homenaje a la Universidad de Salamanca, que ahora está a punto de cumplir ya ochocientos años. De hecho, El manuscrito de piedra podría definirse también como una novela de campus de época. En aquella época, era una de las tres Universidades más importantes de la cristiandad, junto a las de París y Bolonia, y venían a ella estudiantes y profesores de todas partes, por lo que era un hervidero de saberes y conflictos. Concretamente, en el Colegio de San Bartolomé, que es donde he situado a Fernando de Rojas, se formaba la élite de entonces; de allí salían todas las grandes figuras de la Iglesia, de la Universidad y de la administración de los Reyes Católicos. Aunque dentro de ella predominaba la ortodoxia, en la ciudad también había lugar para la heterodoxia y otros tipos de conocimiento, que yo he situado en la cueva y que, en efecto, echamos en falta ahora.

—¿Y qué me dice de Salamanca como escenario?
–La ciudad es también protagonista del libro. Para mí, la Salamanca de finales del XV no es un mero escenario de la novela, sino un lugar donde los personajes viven y se afanan cada día. Por eso, he querido hacerla bien visible para el lector; mostrar sus calles, su peculiar fisonomía y sus diferentes lugares: desde la Universidad, la catedral y los conventos hasta los mesones, las tabernas y la mancebía, sin olvidarme de la Salamanca oculta y legendaria. Para su recreación, he partido de unos datos muy precisos, pues yo siempre invento a partir de la realidad; de modo que he consultado numerosos libros, planos, documentos, imágenes… y he visitado una y otra vez los diversos lugares de la novela o lo que queda de ellos. Es decir, he practicado el método de la inmersión histórica. Yo creo que hay muchas historias y aspectos adonde la Historia no llega y se hace, por tanto, necesaria la ficción.

–¿Novelista arrepentido o reincidente?
–Absolutamente reincidente; de hecho, ya estoy a vueltas con otra novela. Y he descubierto que es el género en el que mas a gusto me encuentro, lo cual no significa que vaya a abandonar el cuento. Hasta cierto punto, he llegado a la novela de forma azarosa e impremeditada, como suele ocurrir con las cosas que más nos interesan. Yo ya había intentado en dos ocasiones escribir una novela, pero no lo había conseguido. En este caso, fue el personaje de Rojas el que tiró de mí con tal fuerza que no me quedó más remedio que dejarme llevar. Sin haberlo buscado, una mañana me di cuenta de que vivía dentro de una novela, de que estaba atrapado por un mundo de ficción que, para mí entonces, era más real aquel en el que aparentemente habitaba. Día y noche convivía con mis personajes, sentía lo mismo que ellos, me movía por los mismos lugares. Cuando te ocurre eso, ya no hay vuelta atrás; es como un veneno, y ya no puedes dejarlo hasta que no pones el punto final. Ahora tengo mono de escritura y no hago más que pensar en el momento de volverme a enganchar con otra.

–¿Qué cree que diría Claudio Rodríguez si leyera “El manuscrito de piedra”?
–También yo me lo he preguntado alguna vez. Casualmente, el otro día me llamó su viuda, Clara Miranda, con la que tengo una gran amistad, para comunicarme que había leído la novela casi de un tirón y para decirme que a Claudio le habría encantado (hay que tener en cuenta que Claudio era muy generoso y yo era para él como un hijo adoptivo). Dada la complicidad que había entre nosotros, seguramente se habría sentido muy atraído por la trama, el escenario y los personajes. Pero tal vez lo que más le habría gustado es la mezcla de vida y cultura, la exaltación, por ejemplo, del vino y la amistad y la reivindicación de la cultura clásica. Ojalá aún estuviera aquí.

–Si le ofrecieran la oportunidad de viajar en el tiempo para conocer a Fernando de Rojas y formularle una única pregunta, ¿cuál sería?
–De hecho, ya lo hice, a través de la güija. Le pregunté que cómo había llegado a escribir La Celestina. La respuesta está en la novela.