sábado, 2 de febrero de 2013

Pablo Martín Sánchez: "Un rigor mal entendido puede derivar en rigor mortis"

Entrevista de Care Santos
Fotos de Pierluigi Greco y Teresa López Pellisa

Usted empieza su novela hablando del poder del azar en nuestras vidas. Pero al azar hay que saber escucharle, ¿no? ¿Cómo escucha usted al azar?

—Con suspicacia. El azar en la vida es estupendo, pero en la escritura es peligroso: puede funcionar muy bien como material literario, pero no como método de trabajo. Ya decía Italo Calvino aquello de que «la poesía es la gran enemiga del azar» y no puedo estar más de acuerdo: si me dan a elegir entre escribir un poema dadá y una sextina, elijo la sextina. En cualquier caso, al azar no hay que escucharlo, pues si te quedas escuchando corres el riesgo de no oír nada: el azar hay que provocarlo.

—Su anterior libro fue una colección de relatos. ¿Cómo ha sido el salto de los textos cortos a una novela de 600 páginas?

—El protagonista de uno de los relatos de Fricciones es el autor de una novela titulada El anarquista que se llamaba como yo, así que se podría decir que ha sido un salto al interior de mi propia obra. Una obra que concibo no tanto como una rayuela en la que alcanzar el cielo, sino más bien como un tablero de ajedrez habitado por un caballo que tiene prohibido pasar dos veces por la misma casilla. El primer salto me ha llevado a cambiar muchas cosas, incluso la manera misma de trabajar, pero sobre todo una: el aliento. Yo que he sido atleta conozco bien la diferencia entre un velocista y un fondista: para escribir un libro de relatos hay que tener mentalidad de esprínter; para escribir una novela hay que asumir el espíritu del maratoniano. Se podría decir que con El anarquista que se llamaba como yo he aprendido a respirar.
—Da la impresión de que está usted obsesionado con la meticulosidad histórica, el rigor, el dato, la cita. ¿La novela histórica debe ser rigurosa, en su opinión?
 
—Depende de lo que entendamos por riguroso. Si se trata de anteponer el rigor histórico al literario, no creo que deba serlo: yo soy de los que prefieren el anacronismo al anacoluto. Además, un rigor mal entendido puede derivar en rigor mortis, convirtiendo la obra literaria en un artefacto anquilosado, sin vida. Y el detalle debe servir justo para lo contrario: para encender la chispa de lo auténtico. Marguerite Yourcenar tiene un artículo muy interesante, titulado «Tono y lenguaje en la novela histórica», en el que viene a decir algo evidente: que no hay que obsesionarse con la verdad, sino con la verosimilitud; y que si hay que hacer algún sacrificio, que sea la Historia y no la historia la primera en pasar por el altar. Bueno, quizá Yourcenar no diga exactamente eso, pero eso es exactamente lo que yo quiero decir. Lo cual no me libra del virus de la meticulosidad: puedo llegar a ser puntilloso hasta el extremo de preguntar a cuatro amigos físicos cuál debe ser la longitud, la densidad y el diámetro de una viga de madera para que el protagonista de mi novela pueda colarse en la alcoba de su amada.

—¿No cree que siendo usted un confeso admirador de Queneau o Calvino habrá quien tome su novela por una invención?
 
—El término «novela histórica» no deja de ser un feliz oxímoron: toda novela es invención, y el que diga lo contrario miente. Basta que en un relato histórico se cuele un elemento de ficción para que el resto quede bajo sospecha. Es cierto que en El anarquista que se llamaba como yo he pretendido difuminar las fronteras entre realidad y ficción. Pero si hablamos de literatura, la verdad y la mentira no son más que prejuicios estéticos.

—Hay varios homenajes en la novela. El primero, a Blasco Ibáñez. ¿Cuál es su relación con el autor?

—Más bien fría, je, je. Hay muchos homenajes, ciertamente, pero quizá los más importantes sean los menos evidentes. En el caso de Blasco Ibáñez, yo no hablaría de homenaje. De hecho, es un autor al que he leído poco; o, como diría un amigo, lo he leído con displicencia. Digamos, más bien, que se cruzó en mi camino y no me quedó más remedio que convertirlo en personaje.

—Creo que ahora escribe microcuentos, ¿para compensar? ¿Para desintoxicarse?

—Para desintoxicarme no, ¡eso sería reconocer que estaba intoxicado! Pero para compensar quizá sí. Cuando terminé la novela, necesitaba un cambio, dar un nuevo salto en ese tablero de ajedrez del que hablaba antes. Y elegí el microrrelato fantástico. Durante dos meses escribí uno todos los días, intentando comprobar si era cierto aquello que decía Cortázar de que escribir novelas es el mejor entrenamiento para escribir buenos cuentos. Me habría encantado poder decir que escribí una novela de seiscientas páginas para escribir después un microrrelato perfecto de seis palabras. Pero no: el método más seguro para escribir un buen cuento es escribir seiscientos.