martes, 24 de febrero de 2009

Care Santos: «Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites»


—Tu obra suele articularse a partir de mecanismos de ficción y temas reales o de actualidad, pero en ningún caso la situaría en terrenos afines al Nuevo Periodismo, tampoco la considero híbrida (tal y como se entiende el término hoy en día, aunque toda literatura tiene su punto mestizo).
—Me interesa la realidad como punto de partida, no como fin en sí misma. Tiene que ver —supongo— con las razones que me llevan a escribir. Retener la realidad es una de ellas. Aunque no basta con eso. Si yo conociera de primera mano un crimen como el que narra Truman Capote en A sangre fría, contaría la historia del vecino que lo vio todo pero calló porque esa misma noche se la pegaba a su mujer con otra. Más que la realidad, me interesan sus intersticios, la grieta por donde todo se resquebraja. Y con respecto a las hibridaciones: hace tiempo que quiero escribir novelas que combinen géneros supuestamente populares y otras cosas. La novela de terror, el thriller de médicos, el realismo social, la novela sentimental e incluso la novela negra están en Hacia la luz.

—La voz siempre tiene un peso importante en tus proyectos. Muchas de tus novelas son monólogos entrecruzados o coros.
—La focalización narrativa me obsesiona. Llevo años obsesionada con la omnipresencia del yo en la narrativa actual, y creo haber encontrado una explicación que tiene que ver con la subjetividad como último reducto de la literatura en su enfrentamiento con el mundo audiovisual. Desde luego, la voz es la gran decisión de un novelista. No logras dormir tranquila hasta que consigues saber quién narra y por qué motivo. Siempre que puedo, recurro a la multiplicidad de voces. Es una dificultad que me divierte y que aporta a la historia una riqueza que la equipara con la propia vida. Al fin y al cabo, a todos nos gusta conocer distintas versiones de los mismos hechos.

—Has trabajado en la radio y tienes un libro (Solos) de aliento teatral.
—El teatro me interesa desde hace muchos años. Casi me convierto en directora. Estudié arte dramático, milité en grupos de aficionados e incluso llegué a cantar en una versión de La verbena de la paloma. Pero al final lo dejé y me he conformado con escribir sobre teatro en diferentes periódicos. Y he leído muchas, muchísimas obras.

—Da la sensación de que a veces tus intereses parten de la recuperación de testimonios (como en Los ojos del lobo, sobre el asesinato de Sonia Carabantes) o de su recreación (como en Trigal con cuervos, sobre el genocidio armenio).
—Retener la realidad es una de las razones por las que comencé a escribir. De pequeña escribía de forma obsesiva sobre las cosas que me rodeaban: los asistentes a una fiesta, los pueblos que dejaba atrás en un viaje por carretera… Anotar sus nombres en un cuaderno los libraba del olvido, de algún modo los redimía de algo… Sigo escribiendo obsesivamente cuando viajo. Lo anoto todo, todo. Sospecho que también en mis novelas trato de retener una realidad formada a partes iguales de sucesos y de las emociones que esos sucesos despiertan en mí. El asesinato de Sonia Carabantes, por ejemplo, llamó mi atención en un momento muy concreto de mi vida, después de haber dado a luz a una niña. Sentí la necesidad de escribir sobre la desesperación que provoca perder a una hija. Casi todas mis novelas tienen puntos de partida semejantes: suceso y emoción.

—Para evitar los convencionalismos de la realidad (nuestra opinión sobre las cosas), en Hacia la luz utilizas la fantasía (la descripción de aquello que no podemos ver o entender con claridad) aunque sin dejarte llevar por tentaciones kitsch (caprichosos paisajes del Cielo o del Infierno).
—Antes hablábamos de las grietas por donde la realidad se resquebraja. Lo sobrenatural es una de ellas. No sólo porque nuestros temores hablan de nosotros mejor que cualquier otra cosa, también porque forman parte de una especie de imaginario universal que todos compartimos: el miedo a la muerte, a lo que regresa del Más Allá, a traspasar cierto umbral desconocido, a la muerte como concepto abstracto, a la verdad demasiado desnuda… Son asuntos sobre los que —en mi opinión— vale la pena escribir. El problema es que se ha escrito mucho, y el lugar común (o kitsch) está demasiado presente. Hay que armarse de valor para permitir que algún fantasma se cuele en tu trama. Pero si lo hace con la misma naturalidad con que a veces lo terrorífico irrumpe en nuestras vidas, puede resultar muy estimulante.

—Los personajes principales de la novela parecen muertos en vida (por su pasado, por su inamovible posicionamiento ante las cosas o por su resignación).
— Un amigo me dijo una vez que mis personajes no piensan. Fue un comentario al que di muchas vueltas. Durante un tiempo traté de ponerle remedio. Pero van pasando los años, y mis personajes siguen sin pensar. Obran de forma impulsiva, llevados por sus vísceras. Creo que todos ellos han heredado lo peor de mí misma. En Hacia la luz, los únicos resignados son los moribundos, porque no les queda otro remedio. A los protagonistas yo los veo como auténticas locomotoras: se dejan guiar por sus intereses sin detenerse ante nada ni nadie.

—Al final, la novela invita a pensar que relacionarnos con la muerte nos proporciona una experiencia que a menudo queremos dejar de lado (por miedo, ignorancia o dejadez) como si no nos incumbiese.
—La ficción siempre invita a la toma de posiciones. El asunto de esta novela sé que espantará a ciertos lectores. Del mismo modo, me gustaría que permitiera, a quienes lleguen al final, ver las cosas de un modo menos dramático. Morir no es terrible si se ha disfrutado de la vida. Para disfrutar de la vida creo que no viene mal saber que la muerte acecha. Y para ello es imprescindible poder hablar sobre la muerte con naturalidad, sin esconder nada, sin recurrir a eufemismos, sopesando qué clase de muerte deseamos para nosotros y para aquellos a quienes amamos. Mientras me documentaba para la escritura, me refirieron el caso de un matrimonio que durante cincuenta años de convivencia jamás se habían atrevido a hablar del tipo de muerte que desearían. En aquel momento, el marido se hallaba conectado a un respirador artificial y la mujer no sabía lo que él habría deseado que hiciera ella en un caso así. Me pareció algo terrible. No vendría mal vivir pensando que moriremos. Ni morir pensando en lo que hemos vivido. De algún modo, es lo que dijo Maurice Blanchot: «Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites».

viernes, 13 de febrero de 2009

Manuel Vilas: “El humor es la sangre de la inteligencia”

Si bien es cierto que Manuel Vilas había despertado con su narrativa muchísimo interés por parte de la crítica más arriesgada, es con España donde ya entendemos que hay un salto significativo. La mirada atenta de críticos como Vicente Luis Mora, la inclusión en antologías como Golpes, ficciones de la crueldad social (DVD, 2005) coordinada por Vicente Muñoz Álvarez y Eloy Fernández Porta y Mutantes: Narrativa española de última generación (Berenice, 2007) de Juan Francisco Ferré fueron pasos importantísimos para el conocimiento de muchos de lo que proponía Vilas y muchos otros autores, acerca de una narrativa que escapaba de las etiquetas más comerciales. Sobre esto, España y otras cosas, Manuel Vilas nos comenta.

—Cuéntanos cómo te preparas para escribir un poema, relato o novela. Cómo te inspiras previamente.
—No soy un profesional. No escribo durante mucho rato seguido. Necesito música para escribir. Y no cualquier música. Más o menos esta música: The Velvet Underground, Johnny Cash, The Who, Patti Smith, Lou Reed, Simon y Garfunkel, John Cale, Elvis Presley y Joy Division. A veces incluso Dylan.

—España es una novela que en cierta medida plantea la crisis de la novela en términos estructurales ¿Cómo fue ese proceso de postura narrativa?
—El mundo está fragmentado. La historia de mi vida no tiene unidad ni de acción ni de espacio ni de tiempo. El caos está muy bien. Me gusta el caos. Me ilusiona el caos. El orden es una ilusión política que el siglo XIX incorporó a la novela. Luego Kafka y Joyce ridiculizaron ese orden de la novela del XIX, y ahora a ver qué hacemos. Eso, a ver qué coño hacemos ahora.

—Las identidades se disuelven y los personajes abundan en Psicologías que constantemente nos interrogan sobre la situación del sujeto en Occidente ¿Cómo vislumbras el futuro de este sujeto?
—La identidad también es una ilusión política. Lo que tenemos son deseos y ganas de cumplir esos deseos a cualquier precio. Ya lo dijo Nietzsche, que era un destructor de las ilusiones políticas modernas. El problema es la alternativa a esas ilusiones.

—¿Cuál es tu opinión acerca de lo que se suele entender por escritura Política?
—En realidad yo he llegado a la escritura política a través de la parasicología y de un deseo salvaje de ser libre. Soy un poco medium: oigo a los muertos decirme que los engañaron. ¿Quién los engañó? Les digo que vean el programa de Iker Jiménez. Todo está en la tele. He visto cuarenta veces El Resplandor de Kubrick.

—Jordi Carrión en una entrevista te preguntaba por la vinculación de España con obras del presente histórico del panorama español. Ahora quisiera extender esa pregunta a la vinculación de España con obras del presente histórico de la narrativa en general.
—Tendríamos que hablar de Ballard, entonces, y de David Foster Wallace. Me gusta mucho el dossier que el número de enero de la revista “Quimera” le ha dedicado a Foster Wallace. Por otro lado, la obra de Fernández Mallo ha abierto el camino de la renovación de la narrativa española.

—Algunos de los personajes de España, como el científico de Universos Paralelos, el Víctor Manuel de La Muerte de Patti Smith el Filósofo de María o el curioso orador de Fidel, último discurso, son personajes que llegan al límite producto de la inmensidad de sus deseos para luego caer abandonados en el absurdo. ¿En que medida el humor es trascendental para tu escritura y que tipo de lecciones tecnológicas crees que podemos tomar de las situaciones absurdas?
—El humor es la sangre de la inteligencia. El humor es una batería que acaba desgarrándonos los oídos.

—Ahora hablando de poesía, durante un tiempo cercano en Zaragoza están apareciendo interesantes voces poéticas. ¿Podrías dar tu visión del actual panorama poético aragonés?
—Zaragoza está llena de poetas. He hecho dos antologías con las voces poéticas más significativas de la actualidad. Remito a esas antologías, allí salen todos los nombres, o casi todos, alguno me habré dejado, obviamente. La novedad es que ahora hay escritores latinoamericanos en Zaragoza, eso es nuevo y tremendamente fértil.

—Para finalizar, en Diciembre de 2009 estuviste en Chile en el encuentro internacional Chilepoesía. ¿Cómo viviste ese encuentro y que pudiste apreciar de la poesía latinoamericana?
—Latinoamérica es poesía en estado de explosión política. Va a haber un ciclón. Me gustan los ciclones. Ciclones humanos, quise decir. Me gusta Neruda. Mi poesía es una mezcla de Neruda con Joy Division. Está bien esa mezcla. Me gustó mucho la casa de Neruda en Isla Negra. En la casa se conservan los zapatos de Neruda. Estuve mirándolos un buen rato. Me entraron ganas de ponérmelos. Latinoamérica es el futuro.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Luis García Jambrina: «Las letras pueden ser un buen asidero en tiempos de crisis»

–Convertir a Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, en un investigador de crímenes en serie es, cuanto menos, osado. ¿Es la familiaridad con los clásicos lo que ampara tanta osadía o hay otras razones, que pueda confesarnos?
–La novela nació de una fascinación por la figura de Fernando de Rojas. Casi todo lo que rodea a La Celestina y a su autor –o autores– es un misterio, y eso me interesaba mucho. Naturalmente, he incorporado a su biografía lo poco que sabemos de él y algunos rasgos que se le atribuyen, como su condición de converso, que es un aspecto fundamental en la novela. A partir de ahí, he intentado crear un personaje verosímil y atractivo. Yo lo convierto, desde la admiración, en una especie de detective que por obligación tiene que investigar una serie de crímenes. Eso crea conflicto a su alrededor y me permite hacer que se mueva por todos los lugares y estamentos de la ciudad de Salamanca en ese momento. Se trata, naturalmente, de un personaje muy complejo, con sus virtudes y sus debilidades. Es un hombre ya del Renacimiento, un humanista, con una gran inteligencia, una mente deductiva y una curiosidad infinita, pero también algo ingenuo. Desde muy joven, ha vivido consagrado al estudio, y muy pronto se da cuenta de que no todo está en los libros y de que estos no bastan para conocer la verdad. Es también un antihéroe heroico. Al final, ese proceso de investigación será también un proceso de búsqueda de la verdad y de transformación personal. Es uno de esos personajes a los que les coges cariño y luego te cuesta mucho despedirte de ellos.

–No sé por qué, no le veo leyendo esas novelas históricas con trama esotérica que encandilan a tantos lectores. Sin embargo, la suya es –entre otras cosas– una novela histórica con trama esotérica. ¿Por qué estos mimbres?
–“El manuscrito de piedra” es, sí, una ficción histórica, pero no creo que tenga una trama esotérica, si bien hay diversos elementos de tipo fantástico que tienen que ver con la brujería, el inframundo y el culto al diablo. Por lo demás, participa de muy diversos géneros: novela histórica, detectivesca, de aventuras, de misterio, fantástica, de aprendizaje, de campus…, unos propios de la novela popular y otros de la novela culta. Participa, en mayor o menor medida, de todos ellos, para al final trascenderlos o llevarlos un poco más allá, gracias a su alcance simbólico. Su trama es más bien negra o policíaca. Por lo general, cuando se habla de experimentación e innovación en la novela, se hace hincapié en la experimentación formal, pero yo creo que también se experimenta e innova mezclando géneros o tratando algunos temas y asuntos de manera distinta.

–Es inevitable, al leer su novela, establecer comparaciones entre la situación de los conversos en el siglo XV y la intolerancia religiosa que vivimos en nuestros días. ¿Se escribe novela histórica para invitar a la reflexión sobre el presente?
–Siempre se ha dicho que algunas épocas del pasado pueden ayudarnos a entender mejor nuestro presente. Y, en este caso, no sería difícil hacer analogías entre ambas épocas, incluso en pequeños detalles, como la actitud ante el tabaco. La novela está llena de guiños irónicos en este sentido. Por otra parte, en ella, se plantean cuestiones que están muy de actualidad ahora, como la tolerancia y el respeto hacia lo diferente o la necesidad de la cultura clásica para la vida. Al igual que ocurría en aquella época, ahora se hace necesario volver a las fuentes de nuestra cultura; y, para ello, hay que mantener y cuidar las humanidades, que últimamente se están viendo amenazadas. Las letras pueden ser un buen asidero en tiempos de crisis. Los únicos valores firmes que tenemos. O parodiando el título de una serie televisiva de moda: Sin letras no hay paraíso.

–Y llámame chismosa, pero también es inevitable leer crítica al mundo académico actual en la crítica al ambiente académico de la Salamanca del siglo XV. ¿A la Universidad actual también la haría falta una cueva como la de la novela?
–Naturalmente, también aquí pueden hacerse analogías. Entonces, como hoy, eran frecuentes las luchas de poder, los enfrentamientos por las cátedras, si bien el funcionamiento era muy distinto y seguro que va a sorprender a más de uno. Por otra parte, esta novela tiene mucho de homenaje a la Universidad de Salamanca, que ahora está a punto de cumplir ya ochocientos años. De hecho, El manuscrito de piedra podría definirse también como una novela de campus de época. En aquella época, era una de las tres Universidades más importantes de la cristiandad, junto a las de París y Bolonia, y venían a ella estudiantes y profesores de todas partes, por lo que era un hervidero de saberes y conflictos. Concretamente, en el Colegio de San Bartolomé, que es donde he situado a Fernando de Rojas, se formaba la élite de entonces; de allí salían todas las grandes figuras de la Iglesia, de la Universidad y de la administración de los Reyes Católicos. Aunque dentro de ella predominaba la ortodoxia, en la ciudad también había lugar para la heterodoxia y otros tipos de conocimiento, que yo he situado en la cueva y que, en efecto, echamos en falta ahora.

—¿Y qué me dice de Salamanca como escenario?
–La ciudad es también protagonista del libro. Para mí, la Salamanca de finales del XV no es un mero escenario de la novela, sino un lugar donde los personajes viven y se afanan cada día. Por eso, he querido hacerla bien visible para el lector; mostrar sus calles, su peculiar fisonomía y sus diferentes lugares: desde la Universidad, la catedral y los conventos hasta los mesones, las tabernas y la mancebía, sin olvidarme de la Salamanca oculta y legendaria. Para su recreación, he partido de unos datos muy precisos, pues yo siempre invento a partir de la realidad; de modo que he consultado numerosos libros, planos, documentos, imágenes… y he visitado una y otra vez los diversos lugares de la novela o lo que queda de ellos. Es decir, he practicado el método de la inmersión histórica. Yo creo que hay muchas historias y aspectos adonde la Historia no llega y se hace, por tanto, necesaria la ficción.

–¿Novelista arrepentido o reincidente?
–Absolutamente reincidente; de hecho, ya estoy a vueltas con otra novela. Y he descubierto que es el género en el que mas a gusto me encuentro, lo cual no significa que vaya a abandonar el cuento. Hasta cierto punto, he llegado a la novela de forma azarosa e impremeditada, como suele ocurrir con las cosas que más nos interesan. Yo ya había intentado en dos ocasiones escribir una novela, pero no lo había conseguido. En este caso, fue el personaje de Rojas el que tiró de mí con tal fuerza que no me quedó más remedio que dejarme llevar. Sin haberlo buscado, una mañana me di cuenta de que vivía dentro de una novela, de que estaba atrapado por un mundo de ficción que, para mí entonces, era más real aquel en el que aparentemente habitaba. Día y noche convivía con mis personajes, sentía lo mismo que ellos, me movía por los mismos lugares. Cuando te ocurre eso, ya no hay vuelta atrás; es como un veneno, y ya no puedes dejarlo hasta que no pones el punto final. Ahora tengo mono de escritura y no hago más que pensar en el momento de volverme a enganchar con otra.

–¿Qué cree que diría Claudio Rodríguez si leyera “El manuscrito de piedra”?
–También yo me lo he preguntado alguna vez. Casualmente, el otro día me llamó su viuda, Clara Miranda, con la que tengo una gran amistad, para comunicarme que había leído la novela casi de un tirón y para decirme que a Claudio le habría encantado (hay que tener en cuenta que Claudio era muy generoso y yo era para él como un hijo adoptivo). Dada la complicidad que había entre nosotros, seguramente se habría sentido muy atraído por la trama, el escenario y los personajes. Pero tal vez lo que más le habría gustado es la mezcla de vida y cultura, la exaltación, por ejemplo, del vino y la amistad y la reivindicación de la cultura clásica. Ojalá aún estuviera aquí.

–Si le ofrecieran la oportunidad de viajar en el tiempo para conocer a Fernando de Rojas y formularle una única pregunta, ¿cuál sería?
–De hecho, ya lo hice, a través de la güija. Le pregunté que cómo había llegado a escribir La Celestina. La respuesta está en la novela.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Isaac Rosa: «Mi pensamiento tiene base narrativa. Pienso en términos de relato»

-Cuéntanos algo sobre el proceso de escritura de El país del miedo: ¿el detonante fue tu interés por explorar los miedos contemporáneos y la historia y los personajes surgieron a posteriori, o fue otra la situación que desencadenó la escritura de esta novela?
-El punto de partida es la reflexión sobre el miedo ambiental: dónde nacen esos miedos, cómo actúan, como se difunden, qué consecuencias tienen. Pero ese pensamiento inicial es, digamos, narrativo. Al preguntarme sobre cómo el miedo condiciona nuestras decisiones, lo hago a partir de un planteamiento narrativo: imaginar cómo reaccionaría alguien a una situación como la planteada. La historia que cuento en la novela es un vehículo para desarrollar una idea, pero no parto de una idea en el vacío y a partir de ella buscar personajes y situaciones, sino que el pensamiento inicial, la pregunta de partida, va madurando con bases narrativas. De cualquier modo, el proceso de reflexión sobre el que crece la novela trabaja a la manera de ondas concéntricas que van ampliando el campo: parto de mi propio miedo, desde él observo el de quienes me rodean, y acabo por ampliar el campo de visión a mi entorno, mi ciudad, mi tiempo.
-¿Crees que se trata de un libro pesimista?
-Es un libro que no ofrece soluciones, respuestas, y que a cambio puede dejar un mensaje desesperanzador: que el miedo es difícil de someter a la razón; que los miedos son muchos, se acumulan, crecen; que la violencia genera más violencia; que las respuestas defensivas provocan más inseguridad y más temor y más violencia al fin. Sin embargo, en el fondo hay un lamamiento a la razón, a enfrentarse con algunos miedos, desenmascarlos, ver a quién benefician, devolverlos a su tamaño natural.
-El país del miedo tiene un gran "ramalazo" ensayístico. ¿Te has planteado en algún momento abandonar la ficción y abordar los temas que te interesen únicamente desde el punto de vista del ensayo o la crónica?
-Como decía antes, mi pensamiento tiene base narrativa. Pienso en términos de relato, y aunque algunas partes de la novela pueden parecer artículos independientes de tipo ensayístico, todos se construyen a partir de historias, personajes, situaciones, que visten las ideas planteadas. Creo que la novela, desde el momento en que no es ajena a lo ensayístico, es la escritura en que me siento más cómodo, pero también la más eficaz.
-De Carlos, de su modo de pensar y obrar, lo conocemos casi todo, no así de su mujer e hijo. ¿Qué misión cumplen en la novela Sara y Pablo?
-La mujer y el hijo son aquello cercano de lo que Carlos se va alejando cada vez más. Cree protegerlos y sin embargo los convierte en extraños, los aisla, no sólo para que no les alcance el daño que él sufre, sino también por desconfianza, porque él piensa que su salvación será individual, que no puede esperar ayuda ni en su familia ni en su entorno social, ni en la colectividad, ni en las instituciones. Su encierro progresivo es el propio de una sociedad en que los lazos solidarios se pierden y no nos ofrecen más solución que la que uno mismo sepa encontrar, sin ayuda externa.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Cristina Grande: «Lo trágico y lo cómico están unidos por una tensa cuerda sobre la que caminamos los funambulistas»

Por Hilario J. Rodríguez

-Naturaleza infiel parece la conclusión de un ciclo narrativo.

Podría considerarse el final de una trilogía, pero también parte de una pentalogía en construcción, aunque al no ser una estructura premeditada no me sirve demasiado a la hora de ponerme a trabajar. Trabajar me parece más importante que pensar.

-Dos libros de cuentos (La novia parapente y Dirección noche) que pueden leerse como novelas y una novela (Naturaleza infiel) que puede leerse como un libro de cuentos.
Los géneros se hibridan cada vez más. Antes me resultaba chocante que se dijera de un libro de cuentos que en el fondo era una novela, porque esa apreciación era como admitir que no se había hecho bien el trabajo, que había algo fallido en esa especie de «quieronopuedismo»; la novela vende más, como si fuese un producto con la C de calidad, pero en el caso de la literatura esa etiqueta no es del todo fiable. No sé. Yo escribo cuentos porque me siento cómoda en las distancias cortas (se ajustan más a mi fisiología), y si esos cuentos se refuerzan unos a otros y nadan juntos como un banco de sardinas que parece un único organismo, ya podemos decir que hemos escrito una novela.

-Tu estilo resulta difícil de domar: conciso y elaborado, seco y poético, irónico y melodramático…
Supongo que es un estilo tenso. Cuando tiendo la colada, me disgusta que las cuerdas se vengan abajo con el peso de las prendas. La cuerda debe estar bien tirante y el peso bien distribuido. Los grandes maestros (Chejov, Natalia Ginzburg, Sebald, Richard Ford, Pamuk...) nos enseñan mucho al respecto.

-Naturaleza infiel está poblada de fantasmas, seres contradictorios, gente que muere de pronto y varias páginas después regresa a la vida, gente viva que actúa como si estuviese muerta, viejos con espíritu de jóvenes…
Hay muertos que siguen vivos durante muchos años. Su ausencia física puede ocupar una gran parte de nuestras vidas, y eso es tan real como la factura del teléfono o como que te pille un chaparrón en la calle. Algunas muertes se repiten una y otra vez como en un bucle electrónico de retroalimentación, el tiempo, entonces, pasa a un segundo plano. Y hay gente viva, es verdad, que actúa como si estuviese muerta porque en un momento dado esas personas se diluyeron, dejaron de querernos y, por tanto, de interesarnos.

-El pasado y el presente se alternan de un párrafo a otro, de una frase a otra, a veces de una palabra a otra. Sin embargo, los personajes son náufragos sin futuro, también la historia.
¿Sin futuro? A mí no me lo parece. Quizás son náufragos, pero que buscan la salvación, que desfallecen y, a veces, mueren, pero siempre hay algún superviviente que tendrá que contar la historia de sus desventuras.

-Aunque el universo que se describe sea ante todo femenino (abuelas, tías, madres, hijas y hermanas), hay algo de elegíaco con respecto a los hombres (el padre que muere, el novio que podría haber cambiado el destino de la protagonista, el vampiro nocturno que se niega a dejarse seducir).
El vampiro es el más inteligente de la novela, el que huele de lejos el peligro y se aleja de él porque el mundo, para él, no admite ninguna clase de caos. El padre es un ser trágico por propia elección, como si supiese que la muerte es paradójicamente lo que le mantendrá con vida . El novio es el más humano, el que se atrinchera en su debilidad para sobrevivir y lo consigue. Los hombres son poderosos por una cuestión de contrapeso, porque las mujeres lo son.

-La familia y la amistad son los vínculos más estables, más aun que el amor. Renata, a pesar de eso, mantiene cierto idealismo y cree que quizás algún día pueda encontrar al príncipe azul que la salve de sí misma.
Su fe en el príncipe azul es lo que finalmente va a salvarla. La familia y la amistad son la cara B del amor. «All you need is love», decía aquella canción de Los Beatles. Renata, como su madre, es en el fondo un personaje optimista.

-Buscar la serenidad en medio de la tormenta, describir con pulso firme la inconsistencia de nuestras relaciones, hacer que lo trágico suene cómico… En lugar de escritora, eres una equilibrista.
Pues las relaciones humanas son, precisamente, las que dan mayor consistencia a nuestras vidas, son el espesante sin el que no podríamos tragar nada. Lo trágico y lo cómico no están tan distantes, están unidos por una tensa cuerda sobre la que caminamos los funambulistas.