sábado, 23 de febrero de 2013

Dolores Redondo: "Sería divertido despertar una mañana y encontrar bajo la almohada la novela escrita"

Entrevista de Care Santos

Dolores Redondo ha irrumpido en el mundo literario español de una patada. Con la publicación de El guardián invisible (Destino) ha conseguido lo imposible: que todo el mundo hable de su opera prima, una novela negra ambientada en los bosques de Baztán, protagonizada por la inspectora Amaia Salazar y de la que ya se anuncian dos entregas más. ¿La clave del éxito? Una acertada combinación de misterio, psicología femenina y elementos mágicos tomados de las leyendas populares vascas. En esta entrevista, la autora nos desvela las claves de su escritura.
 
—¿Existe la novela negra para mujeres? ¿Es lo que usted hace o descree de etiquetas?
—Existiría la novela negra para mujeres si existiese la novela negra para hombres. No, no creo en las etiquetas, lo que si existe es una corriente de mujeres que escriben negra que no era tan común hace unos años.
 
—¿Qué cree que tienen que aportar las mujeres a la novela negra?
—Indudablemente en las novelas escritas por mujeres vamos a encontrar matices propios , escenarios distintos, aspectos desde la visión femenina… pero las aportaciones a la literatura no las hacen hombres o mujeres , las hacen los escritores/as.
 
—¿Es lectora de género negro? ¿Podría proponernos un sexteto ideal de sus autores preferidos?
—Agatha Christie, PD James, Peter Straub, Norman Mailer, Kathy Reichs y Antonio Muñoz Molina en Invierno en Lisboa, una obra maestra. Puede usarse como texto para aprender a escribir negra.
 
—En El guardián invisible se da mucha importancia al paisaje: el bosque de Elizondo. ¿Cuál es su relación personal con ese escenario?
—Tenía claro el argumento , la línea y muchos aspectos de la novela antes de decidir ubicarla en Elizondo y el valle de Baztán , llegué allí por casualidad y me enamoré del lugar , luego mientras me documentaba me iba dando cuenta de que la elección iba a pesar mucho en la novela por la fuerza natural, arquitectónica, el río, la mitología, y así fue… Este escenario creció hasta convertirse en personaje principal, influyendo, marcando y dirigiendo los pasos de los demás personajes.
 
—¿Usted también tiene una tía que de pequeña le hablaba de criaturas legendarias?
—Una abuela. Por desgracia ya no la tengo para contarme estas preciosas historias. Que sea homenaje a esas contadoras de cuentos y leyendas que forjaron la imaginación de tantos niños y muchos escritores.
 
—Parece que la tesis de cierta parte de la novela habla de las consecuencias de elegir el propio destino. ¿Cree usted, como dice su protagonista, que todos podemos elegir qué camino queremos tomar?
—Desde luego , y si no podemos, por lo menos nos mantendremos en la puja esperando a que la vida esté despistada para reconducirla a donde queremos ir y a lo que sabemos que merecemos.
 
—Esta es su primera novela, pero da la impresión de que ha escrito usted mucho antes de darla a un editor. ¿Es así?
—Sería divertido y bastante mágico despertar una mañana y encontrar bajo la almohada la novela escrita , o que se escribiera sola como en aquella novela creo que era Tommyknockers de King en el que había una aparato que leía la mente y las escribía a chorro. Ninguna novela surge de la nada o de cero. Llevo escribiendo toda mi vida. Relatos cortos, relato infantil y juvenil, buscando mi sitio, dejando que madurase mi escritura y he de reconocer que por timidez. Una novela expone más al escritor e imagino que no estaba preparada, en 2009 se publicó mi primera novela, sin demasiada repercusión pero fue lo que me convenció de que tenía que poner toda la carne en mi siguiente trabajo.
 
—¿Guardan inéditos los cajones de su escritorio?
—Guardan guiones, pero no soy muy partidaria de guardar mucho, precisamente porque tengo, como muchos escritores, una querencia exagerada a todo lo que he escrito y creo que a veces eso condiciona para comenzar un nuevo trabajo. Prefiero el cajón mental, lo que se olvida es que no tenía peso, con lo que queda seguramente se puede hacer algo bueno.
 

Imagen 1 © Alfredo Tudela
Imagen 2 © Blog de Negra y Criminal

sábado, 16 de febrero de 2013

Susana Hernández: "Los tópicos y los estereotipos están para ser dinamitados"

Entrevista de Care Santos
 
Susana Hernández reincide. Después de La casa roja, La puta que leía a Jack Kerouac y Curvas peligrosas, nos sirve ahora bien caliente su último banquete: Contra las cuerdas, una novela que sorprende por su agilidad, por sus amenos diálogos y por la originalidad de su protagonista, la subinspectora Rebeca Santana, de quien sus habituales conocerán algunos secretos que no desvelaron anteriores entregas. Lesbianismo, una trama negra-muy-negra y la ciudad de Barcelona como escenario son sus credenciales. El resto, la habilidad de la autora para tenernos en vilo de la primera la última línea. Los amantes del género negro deberían lanzarse sobre sus libros sin perder tiempo.
—La literatura de temática gay se está "normalizando". Ya no se trata el asunto sólo como rareza. En ese sentido, su protagonista podría convertirse en una especie de abanderada de este fenómeno, ¿no cree?
 
—Sí, es cierto que poco a poco se trata la temática gay desde un punto de vista mucho más natural e inclusivo tanto en el la televisión como en la literatura. La verdad es que se agradece que se dejen a un lado ciertos tópicos. Es importante narrar sin estridencias ni dramas el mundo gay o lésbico. Desde luego, en ningún momento he tenido la intención de convertir a Santana en abanderada de nada, pero por lo que parece, el personaje está llegando a los lectores y eso puede ser una baza a favor de esa “normalización”. Si así es, bienvenido sea.
—La novela negra se tiene por un género tradicionalmente masculino, pero usted parece dinamitar también ese axioma. ¿Es consciente?
 
—No cabe duda de que la novela negra es por tradición masculina y bastante machista. El papel de la mujer suele ser secundario, de ayudante del policía o detective protagonista, o de mujer fatal en las novelas clásicas. Un poco al hilo de la pregunta anterior, los tópicos y los estereotipos están para ser dinamitados. Sin embargo, no pensé en ningún momento cuando perfilaba a Santana y a Vázquez que dos subinspectoras de policía fuesen algo tan fuera de lo común. Tengo cierta facilidad para escribir sobre el universo femenino y por ese motivo elegí a dos mujeres como protagonistas.
 
—Si tuviera que emparentarse con cinco escritores de género negro, ¿a quiénes elegiría?
 
—Patricia Higsmith, Henning Mankell, Ruth Rendell, Vázquez Montalbán, Raymond Chadler.
 
—La mención de Carvalho o Méndez, los personajes de Vázquez Montalbán y González Ledesma, parece obligada al hablar de sus novelas. ¿Qué le une a ellos?
 
—En primer lugar, es un honor la simple mención de Vázquez Montalbán y González Ledesma, referentes de la novela criminal barcelonesa. Supongo que el vínculo con ellos es Barcelona como espacio común y por extensión una cierta forma de entender la vida, más mediterránea, más relajada, con humor, que se refleja en las novelas y en las personalidades de los personajes.
 
—La Barcelona del crimen es casi un género en sí mismo. ¿Por qué la eligió como escenario de sus novelas?
 
—Porque soy barcelonesa. Probablemente, si hubiese nacido en Madrid o en Vigo, no habría elegido Barcelona que está bastante explotada como escenario criminal, pero es mi ciudad y no me he podido resistir. Me apetecía escribir de mis calles, de mis playas, incorporar la ciudad a la historia y a las vidas de las protagonistas.
 
—¿En qué trabaja ahora?
 
—En estos momentos me estoy peleando con la tercera entrega de la serie de Rebeca Santana que espero tener lista para dentro de un año, aproximadamente.  

sábado, 2 de febrero de 2013

Pablo Martín Sánchez: "Un rigor mal entendido puede derivar en rigor mortis"

Entrevista de Care Santos
Fotos de Pierluigi Greco y Teresa López Pellisa

—Usted empieza su novela hablando del poder del azar en nuestras vidas. Pero al azar hay que saber escucharle, ¿no? ¿Cómo escucha usted al azar?

—Con suspicacia. El azar en la vida es estupendo, pero en la escritura es peligroso: puede funcionar muy bien como material literario, pero no como método de trabajo. Ya decía Italo Calvino aquello de que «la poesía es la gran enemiga del azar» y no puedo estar más de acuerdo: si me dan a elegir entre escribir un poema dadá y una sextina, elijo la sextina. En cualquier caso, al azar no hay que escucharlo, pues si te quedas escuchando corres el riesgo de no oír nada: el azar hay que provocarlo.

—Su anterior libro fue una colección de relatos. ¿Cómo ha sido el salto de los textos cortos a una novela de 600 páginas?

—El protagonista de uno de los relatos de Fricciones es el autor de una novela titulada El anarquista que se llamaba como yo, así que se podría decir que ha sido un salto al interior de mi propia obra. Una obra que concibo no tanto como una rayuela en la que alcanzar el cielo, sino más bien como un tablero de ajedrez habitado por un caballo que tiene prohibido pasar dos veces por la misma casilla. El primer salto me ha llevado a cambiar muchas cosas, incluso la manera misma de trabajar, pero sobre todo una: el aliento. Yo que he sido atleta conozco bien la diferencia entre un velocista y un fondista: para escribir un libro de relatos hay que tener mentalidad de esprínter; para escribir una novela hay que asumir el espíritu del maratoniano. Se podría decir que con El anarquista que se llamaba como yo he aprendido a respirar.
—Da la impresión de que está usted obsesionado con la meticulosidad histórica, el rigor, el dato, la cita. ¿La novela histórica debe ser rigurosa, en su opinión?
 
—Depende de lo que entendamos por riguroso. Si se trata de anteponer el rigor histórico al literario, no creo que deba serlo: yo soy de los que prefieren el anacronismo al anacoluto. Además, un rigor mal entendido puede derivar en rigor mortis, convirtiendo la obra literaria en un artefacto anquilosado, sin vida. Y el detalle debe servir justo para lo contrario: para encender la chispa de lo auténtico. Marguerite Yourcenar tiene un artículo muy interesante, titulado «Tono y lenguaje en la novela histórica», en el que viene a decir algo evidente: que no hay que obsesionarse con la verdad, sino con la verosimilitud; y que si hay que hacer algún sacrificio, que sea la Historia y no la historia la primera en pasar por el altar. Bueno, quizá Yourcenar no diga exactamente eso, pero eso es exactamente lo que yo quiero decir. Lo cual no me libra del virus de la meticulosidad: puedo llegar a ser puntilloso hasta el extremo de preguntar a cuatro amigos físicos cuál debe ser la longitud, la densidad y el diámetro de una viga de madera para que el protagonista de mi novela pueda colarse en la alcoba de su amada.

—¿No cree que siendo usted un confeso admirador de Queneau o Calvino habrá quien tome su novela por una invención?
 
—El término «novela histórica» no deja de ser un feliz oxímoron: toda novela es invención, y el que diga lo contrario miente. Basta que en un relato histórico se cuele un elemento de ficción para que el resto quede bajo sospecha. Es cierto que en El anarquista que se llamaba como yo he pretendido difuminar las fronteras entre realidad y ficción. Pero si hablamos de literatura, la verdad y la mentira no son más que prejuicios estéticos.

—Hay varios homenajes en la novela. El primero, a Blasco Ibáñez. ¿Cuál es su relación con el autor?

—Más bien fría, je, je. Hay muchos homenajes, ciertamente, pero quizá los más importantes sean los menos evidentes. En el caso de Blasco Ibáñez, yo no hablaría de homenaje. De hecho, es un autor al que he leído poco; o, como diría un amigo, lo he leído con displicencia. Digamos, más bien, que se cruzó en mi camino y no me quedó más remedio que convertirlo en personaje.

—Creo que ahora escribe microcuentos, ¿para compensar? ¿Para desintoxicarse?

—Para desintoxicarme no, ¡eso sería reconocer que estaba intoxicado! Pero para compensar quizá sí. Cuando terminé la novela, necesitaba un cambio, dar un nuevo salto en ese tablero de ajedrez del que hablaba antes. Y elegí el microrrelato fantástico. Durante dos meses escribí uno todos los días, intentando comprobar si era cierto aquello que decía Cortázar de que escribir novelas es el mejor entrenamiento para escribir buenos cuentos. Me habría encantado poder decir que escribí una novela de seiscientas páginas para escribir después un microrrelato perfecto de seis palabras. Pero no: el método más seguro para escribir un buen cuento es escribir seiscientos.

sábado, 26 de enero de 2013

Isabel Cienfuegos: “No sé si el ser humano está más conformado por células o por historias”

Isabel Cienfuegos (Madrid, 1954) es neumóloga y escritora, profesiones ambas que en su caso se complementan para aportarle una visión particular de la vida que se plasma en su escritura. Escribe desde los trece años y siempre ha sido una lectora voraz. Alumna desde hace bastante tiempo de los Talleres de Escritura Creativa de Clara Obligado, ha publicado varios cuentos en antologías y revistas. Mañana los amores serán rocas es su primer libro en solitario. En esta entrevista nos habla de sus referentes literarios, de su amor por la literatura y de las emociones que despertó en ella el tener entre las manos su primer libro.

Entrevista de María Dolores García Pastor.

—Lleva muchos años escribiendo y ha publicado algunos de sus relatos en revistas y antologías conjuntas, ¿qué se siente al tener en las manos su primer libro en solitario?

—Ver el libro editado me emocionó muchísimo. Conocía la portada en imagen, había visto el texto en PDF, pero el “objeto libro” es algo más: un tacto, un peso, el grosor de las páginas, el tamaño, los colores de la imagen, el tipo de las letras, hasta el olor. Todo me sorprendió agradablemente, a pesar de conocer el cuidado y la calidad con la que edita Cuadernos del Vigía. Por otro lado tuve una sensación de extrañeza, de desconocimiento, como si no fuese mío, como si me regalasen un libro ajeno. Al parecer es algo que sienten muchos autores, y quizá tenga que ver con que los textos publicados, de alguna forma, se independizan del autor. Y también lo he vivido como la confirmación de un compromiso con la escritura, una especie de salvoconducto para dedicarme a ello de una manera más intensa.

—Contaba en la presentación de Mañana los amores serán rocas que desde siempre ha mantenido una relación muy especial con la literatura como lectora pero, ¿cuándo empezó a escribir?

—Empecé a escribir de una forma habitual hacia los doce o trece años. Cuentos, poemas, notas personales, y también pequeñas obras que representaba para mis hermanas en un teatro de títeres que era uno de mis juguetes preferidos. Desde entonces he escrito de forma habitual, aunque mi compromiso con la literatura aumentó desde que entré en contacto con Clara Obligado y su taller y con la publicación de mis primeros cuentos en antologías y revistas.
—¿Qué es para usted la escritura?

—Para mí la literatura es el territorio del placer. El placer de entrar en historias distintas de la propia, de conocer el mundo y lo que somos, de comunicarnos con otros más allá del tiempo, el espacio o las barreras culturales, manteniendo una conversación personal, íntima muchas veces. También el placer del sonido y el ritmo de las palabras, de la construcción del texto, del tejido de significados. Incluso el objeto libro, como ya he dicho, es fuente de placer. Leer me permite acceder a estos placeres que otros han preparado para mí. Escribir es, además, el placer de encontrar la historia y la manera en que va a ser contada. Y publicar, el placer de poder participar un poco más en esta conversación que es la literatura.
—Es usted escritora pero también es médico, como dice uno de sus personajes “no está reñido lo literario con la ciencia”. Pero, ¿qué cree que aporta, en su caso, la medicina a la literatura y viceversa?

—Mi vocación por la medicina nace, lo mismo que la vocación literaria, de la extrañeza, de la necesidad de explicar lo que somos, lo que nos ocurre a los seres humanos. Para mí estas dos vocaciones no solo no han sido antagónicas, salvo por el hecho de que exigen las dos mucho tiempo, sino que se complementan de una manera que me es difícil explicar. Me produce un intenso placer ver la parte metafórica y narrativa de las explicaciones científicas. Y, después de muchos años de ejercicio de la medicina, no sé si el ser humano está más conformado por células o por historias.
 
—¿Qué va a encontrar el lector en Mañana los amores serán rocas?

—Mañana los amores serán rocas es un libro de cuentos. Cuentos que tratan del amor y de las trasformaciones del amor. Se habla de diferentes tipos de amor. Amor maternal, erótico, amor a la manada, a la ciencia, amor que quiere trasformar a otro o amor de amigo. El libro tiene una secuencia temporal. El orden de los cuentos va desde la infancia hasta las edades maduras que contemplan el final de la vida. El único relato que no sigue la secuencia temporal ascendente es el primero, que cuenta la historia de una persona joven, narrada en presente y que trascurre en la época actual. Éste es un relato del ahora, pero con un guiño temporal hacia atrás, a Tiempo de silencio, de Martín Santos que dialogaba a su vez con El árbol de Ciencia de Baroja, ambos médicos, por cierto.
—Se mueve usted muy bien en las distancias cortas, relato y microrelato, ¿qué tiene la ficción breve que le gusta tanto?

—Cada historia pide su forma. Pero es cierto que la ficción breve tiene algo especial. Cuenta con que cada frase y a veces cada palabra le trae al lector otras historias y más de un significado, lo que permite narrar con muy poco texto. Así que hay que elegir muy bien. Es como un puzzle endiablado en el que entran también, y a veces sobre todo, los silencios. Al hacerlo se tiene que mirar con mucha atención cada palabra/pieza antes de colocarlas. Se piensa mucho en ellas, se las acaba conociendo mejor y cogiendo más cariño si cabe. Y cuando se encuentra el lugar en el que multiplican su capacidad de contar, hay un placer muy especial. Tanto, que es un poco adictivo, puede convertirse en una obsesión, como dicen que les ha pasado a un grupo de escritoras actuales que se autodenominan “microlocas”
 
—¿Ha pensado alguna vez embarcarse en una novela?

—De momento sigo escribiendo relatos, aunque la extensión de cada uno de ellos es diferente según lo que se quiere contar. No descarto que alguna vez esto requiera un formato más largo.
—¿Por qué eligió como título ese verso de Lorca?

—El título forma parte de un verso de Lorca del poema Oda a Walt Withman, insertado en una estrofa que cito: Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo / por vena de coral o celeste desnudo. / Mañana los amores serán rocas y el Tiempo / una brisa que viene dormida por las ramas. Esta estrofa, de una belleza sobrecogedora, y que me ha acompañado a lo largo de mucho tiempo, se me impuso mientras estaba finalizando el libro, como si hablara de él en su conjunto y lo resumiera con la inigualable capacidad de nombrar que tienen los buenos poetas. Y el núcleo, de lo que hablaban los cuentos, estaba ya dicho en esas palabras que he tomado prestadas para el título y que son también un homenaje, y la expresión de cómo la literatura es una conversación interminable.

—Se nota en su escritura que es una gran lectora, ¿nos podría decir cuales han sido sus autores de referencia, aquellos que cree que han marcado su obra?

—Creo que todo lo que se lee marca de una forma u otra. Levis Carroll y su Alicia y el Robinson de Defoe me sedujeron muy pronto metiéndome en el otro lado del espejo y, con Kipling, llenaron mi infancia de historias. Cervantes, Quevedo, Baroja y Valle-Inclán me llegaron en el colegio junto a Tolstoi, Flaubert, Turguénev y Chéjov que se ha quedado lo más a mano posible. A Martín Santos también lo leí por primera vez entonces y lo he releído con asombro más tarde. Proust me deslumbró desde la primera juventud y le he frecuentado toda la vida. Luego vinieron las Brontë y Poe, Rulfo, Arlt, Cortázar, Borges, Virginia Woolf, Colette, Nabokov, Henry Miller, Mercè Rodoreda, les Marguerites (Duras y Yourcenar), Calvino… Y desde luego Cervantes; en el Quijote está casi todo y no se puede encontrar a la primera, hay que volver de vez en cuando. Pero también les debo muchísimo disfrute a Irene Nemirovsky y Natalia Ginzburg, Capote, Carver, Bowles, Kavafis, que es un poeta muy narrativo, Flannery O'Connor, Sylvia Plath, Carson McCullers, Dorothy Parker, Clarice Lispector… Siempre he sido muy ecléctica. Últimamente estoy fascinada por Coetzee, Alice Munro y Bolaño. Y desde luego seguro que también me han influido Clara Obligado y algunas compañeras del taller como Carmen Peire y Carola Aikin con quienes tengo mucha complicidad, y escritores actuales que admiro como Andrés Ibáñez, Julián Marías, Monzó, Neuman, Merino, Tizón, Ana Mª Shua, Brasca, Muñoz Rengel, Paul Viejo, Jesús Ortega y Óscar Esquivias… Y seguro que me dejo alguno que recordaré luego. Todos ellos me han proporcionado muy buenos ratos y muchísima envidia sana, de la que vale para tomar nota y aprender.

—Cuando una acaba de leer su libro se queda con ganas de más, ¿tiene algún nuevo proyecto en vistas?

—Sí, de momento sigo escribiendo relatos. Y creo que se están reuniendo. Igual tienen intenciones comunes, y se juntan, y forman otro libro. No me extrañaría nada.

jueves, 10 de enero de 2013

José Vicente Pascual: "Toda esa tramoya no me interesa en absoluto"

José Vicente Pascual (Madrid, 1956), novelista con más de tres décadas en activo, luce en su historial premios como el Azorín, el café Gijón, o el Alfonso XIII, habiendo sido también finalista del Nacional de Narrativa. Entre sus títulos a destacar, La montaña de Taishán (1989), Palermo del cuchillo (1995), Juan Latino (1998), El país de Abel (2002), Homero y los reinos del mar (2009) y Los fantasmas del Retiro (2011).

—¿Qué razones históricas, literarias o de índole personal te han llevado a prescindir en tu novela de la Alhambra y preferir esta Granada que depende de Sierra Nevada?
—En La hermandad de la nieve intento contar y explicar el difícil, apasionante siglo XVI en el antiguo reino de Granada, una ciudad y un territorio que en la práctica no conocieron la edad media cristiana y que pasaron directamente del Islam como única visión del mundo al catolicismo de la época, con sus luces renacentistas y sus sombras integristas. Aquel “experimento” de convivencia entre cristianos y musulmanes acabó con una espantosa guerra civil (1568) en la que volvió a discutirse la hegemonía de poderes en el Mediterráneo, y con la posterior expulsión de los moriscos (1609). Para el desarrollo del argumento y la acción sobran estereotipos y lugares comunes. El mito del paraíso perdido nazarí es eso mismo: un mito que puede dar de sí para cierta literatura encandilada por el exotismo, pero de nada servía para mi novela. Los cuentos de la Alhambra de Irving son una delicada obra literaria, desde luego; pero son cuentos. Los casi 120 años de convivencia entre el Islam y la civilización cristiana en Granada no son ningún cuento sino una realidad histórica que merece ser tratada como tal, por lo que significó y por lo que podemos aprender de la experiencia.

—Tus protagonistas son gente del común, pertenecientes a un gremio donde sus miembros se protegen solidariamente y en el que trabajan en condiciones muy duras, donde tiene también gran importancia la familia, por eso tu novela, además de entretener, ¿pretende defender ciertos valores?
—La novela está protagonizada por una saga familiar de neveros, gente que se ganaba la vida transportando nieve y hielo desde Sierra Nevada a la ciudad. El suyo era un trabajo duro que requería determinación, voluntad de ser y de permanecer. He querido ofrecer una visión de aquella época desde la perspectiva de la gente del común, los que vivían por sus manos, por dos motivos. Primero, porque aquellos conflictos políticos e ideológicos eran expresión, en última instancia y como siempre, de la lucha de clases: los ricos empeñados en serlo más todavía y los pobres en sobrevivir. Y segundo: porque la historia entendida como un asunto de intrigas palatinas, vibrantes hechos de armas, apasionados romances entre aventureros y princesas y toda esa tramoya no me interesa en absoluto. Me importa interrogarme por qué las familias nazaríes más pudientes se convirtieron al catolicismo con toda pompa en 1492; por qué siguieron siendo dueños de Granada y estaban encantados por haber cambiado de fe y conservado la bolsa. Las peripecias de los reyes que lloran por el Edén perdido y las sultanas de ojos cautivadores que estragan el corazón de rudos caballeros cristianos quedan bien para novelas de marujeo, pero un servidor, en su modestia, carece del mínimo talento para escribir esa clase de literatura.

—Más de treinta años en la dura y desconocida profesión de escritor, ¿cómo se sobrevive?, ¿por qué y para qué se escribe?
  
—Desde que el panorama literario se convirtió en mercado editorial, dejó de tener interés para mí. No tengo ni idea de dónde estamos ni adónde vamos. No me preocupan las penalidades de las pequeñas editoriales ni los tejemanejes de los grandes grupos de comunicación. Llevo mucho tiempo en esto y tengo ya demasiado visto  como para asombrarme de nada. No sé si el futuro del libro está en el formato digital, en el papel o en ningún sitio. Yo sigo escribiendo porque es lo único que sé hacer medio decentemente y porque la literatura es mi vida. Con esas razones me basta. No me sobra porque no carezco de ambición; pero me basta. Este es un oficio solitario por naturaleza, de modo que, como dice el dicho: que cada cual se las arregle como pueda. Siento parecerle antipático pero es que soy granadino. No lo puedo evitar, oiga; ni habiendo nacido en Madrid y viviendo en La Coruña puedo evitarlo.
Respecto a los premios literarios y las grandes promociones editoriales, sólo tengo una prevención: que no se dé gato por liebre; que no se intente engañar a los lectores y se haga pasar la purpurina publicitaria por novelas de grandioso mérito. Aunque al final esas imposturas (casi todas), caen por la fuerza de la gravedad, o sea: por su propio peso y el razonable criterio de los lectores. Le pongo un ejemplo: que un autor especializado en best-sellers de misterio (casi todos inspirados en una película de Alan Parker) venda más libros que García Márquez, me parece estupendo. Pero que no nos vengan con la ocurrencia de que ese autor es como García Márquez. ¡Y de paso como Borges y Eco, nada menos! La publicidad está bien, se venden libros y todo el mundo queda contento. Pero bobadas las justas, por favor.

—¿Qué puede contarnos de su próximo libro, seguirá trabajando en otra novela histórica?
—Quiero concluir una saga de historia-ficción donde se integren los elementos legendarios premedievales (con perdón por el terminajo), propios de las culturas germanas y célticas que dominaron el norte de la península ibérica desde finales del siglo IV: el reino suevo de Gallaecia, el reino godo de Tolosa (Aquitania, con influencia preponderante en el norte peninsular), los asentamientos de tribus y estirpes nómadas como vándalos y alanos... Toda esa vertiente histórica no se ha explorado nunca como venero literario en la narrativa española, yo creo que debido a la rápida implantación del cristianismo en la Hispania romana. Pasamos de los autores clásicos hispanorromanos a Los milagros de Nuestra Señora, de Berceo. Sin embargo, pervive un legado sin escrutar de las culturas céltica y noreuropea que merece nuestra atención. Y en ello estoy. De momento llevo escritas un montón de páginas. A ver qué sale...