martes, 9 de julio de 2013

Alejandro Palomas: «Mi poesía es lo que me circula por las venas cuando relajo la musculatura»

Siempre me ha parecido que Alejandro Palomas tenía un secreto inconfesado. Cada vez que he hablado con este escritor multifacético, autor de novelas premiadas que cuentan con miles de fieles lectores —no sólo en nuestro país—, donde hace gala de una sensibilidad y un sentido del humor muy fuera de lo común, a medio camino entre lo muy literario y eso tan indefinible que suele llamarse comercial —y que tal vez sólo sea la rara capacidad de conectar con los gustos y querencias del público, del gran público—; en fin, cada vez que he hablado con Alejandro Palomas me ha parecido ver un brillo de inusual inteligencia en su forma de mirar, pero también un secreto. Después de leer con deleite su poesía, creí comenzar a entender de qué se trataba. Trea esta conversación, me siento en posesión de algunas pistas, ciertas claves que me permitirán continuar en este universo literario que promete emoción y reflexión a partes iguales. En esta entrevista, el autor explica su relación con la poesía con la misma intensidad con que cincela sus versos.
 
Entrevista de Care Santos
 
—Entre el ruido y la vida es un poemario de madurez. ¿Tocaba hacer balance?
—En realidad, es un poemario en la línea del anterior, Tanto tiempo, y también de la del que estoy escribiendo ahora. Parto siempre de un chispazo de reflexión y a partir de ahí me dejo llevar, por eso da la impresión de que esté haciendo siempre balance. En este caso, me encontré planteándome qué es ruido y qué es vida, qué vale y qué es prescindible, qué es hueco y refugio y qué es retiro, valiente retiro. Y a partir de ahí encontré la voz, la voz del Alejandro real que soy ahora, y también del Alejandro poético que soy ahora y que varía con más rapidez que la del Alejandro que escribe ficción. De repente llega el balance, sí, y llega en lo poético, porque es donde soy más yo, más a pelo, y esa es una sensación única, porque con ella llega también la de la libertad. En realidad, más que “poemarios”, que por supuesto lo son, me gusta pensar que mi voz poética crea “reflexionarios”. Quizá por eso mi poética es tan mental. Y quizá por eso Entre el ruido y la vida dé esa sensación de poemario de madurez.

—De sus versos se desprende que la madurez, al cabo, tampoco sirve de tanto...
—La medida de la madurez es, en mi caso, el alivio. Llevo tantos años buscando poder respirar a fondo, poder convertir el temor en cautela y sentirlo así, que entiendo también que lo que sirve es la capacidad de lucha, y sobre todo la lucidez. Una madurez poco lúcida es como un cuadro a medias, como un bosquejo, aunque una madurez lúcida tampoco es un fin en sí misma. Es un trampolín para el siguiente salto. No es ni ruido ni vida, sino lo que se desliza entre las dos cosas.

—Hay un sutil pero constante juego de referentes religiosos judeocristianos en el libro, incluyendo la suerte de redención final. ¿Inevitables, aprendidos, interiorizados, buscados...?
—Totalmente inconscientes, debo reconocer. Es parte de mi cultura, aunque confieso que yo me río mucho en mi poesía, mi tono tiene mucho humor, si bien es cierto que hay quien no lo aprecia así. Hay culpa, hay deseo de terminar con ella, hay la lucha entre el “debo” y el “quiero”, hay ataduras que romper y libertad —libertades— que reconquistar. Supongo que es un poco la suerte o el sino de todo apóstata: los hilos al aire, la orfandad.

—«Quizá la vida sea la grieta» / «Una grieta de calor». Cito dos versos, como sabe, separados por más de 30 páginas. ¿Qué significado tiene esa grieta para usted?
—Esa grieta es para mí la vida misma. La respuesta. Siempre he vivido con la sensación de que me cuelo por grietas que veo justo a tiempo para escapar del peligro. En un tiempo creí que ese peligro era la locura. Luego fue la cotidianidad. En realidad la grieta es lo que me ayuda a tener fe en que hay luz al otro lado, de que no estoy solo.

—El poema más largo del libro está dedicado al amor. ¿Es el amor el gran aprendizaje de la vida?
—El amor es el juego. Una vez alguien muy cercano me dijo algo que me marcó y que sé que seguirá marcándome hasta mi muerte. «Yo no sé que me quieran», dijo. La expresión es extraña, incorrecta, sesgada… pero en mi caso tiene mucho de cierto. No entiendo que alguien me quiera. No sé cómo se hace. No me fío, porque lo que sí entiendo es que me quiere a partir de lo que siente por mí, no de lo que yo soy, y eso me crea tal confusión que me aleja. Querer a alguien no es imaginarlo, ni tampoco aceptarlo. Querer a alguien es «querer querer» a alguien y sentarte a su lado y desentrañar, conspirar, averiguar, preguntar, preguntar mucho, a todas horas del día y de la noche, ser voraz en la curiosidad, voraz en todo. Y eso a mí no me ha ocurrido. No de verdad. Por eso dedico el poema más largo al amor: para contar lo que invoco con él, lo que hago con él, para detallarlo. Quizá también para invocarlo.

—El gran público le conoce por su obra novelística. ¿De dónde surge su poesía?
—A decir verdad, yo siempre he sido más poeta que novelista. Estudié poesía en el extranjero cuando aquí ninguna universidad me ofrecía la posibilidad de hacerlo y en un momento (1990) en que la expresión «Master in Poetics» era tan inexistente como Internet. Yo escribo poesía en libertad. De ahí sale lo que doy en mis poemas. El Alejandro de Tanto tiempo y de Entre el ruido y la vida soy yo sin adornos, el más exhibicionista, el más radical. Es el Yo menos conciliador, ese que sólo conocen unos pocos, el del genio descomunal, el de la ira, el de las pasiones más deslavazadas. Mi poesía es lo que me circula por las venas cuando relajo la musculatura. Es roja. —¿Es usted un novelista que escribe poesía o un poeta que escribe novelas? —Con el tiempo he aprendido a ser un novelista que escribe novelas y un poeta que escribe poesía, básicamente por las necesidades del guión, aunque en el fondo soy muy rebelde y me fascina fusionar y dejar que el poeta se cuele en mis novelas y viceversa. Soy un cable sobre mí mismo: cable y funámbulo a la vez. A veces piso versos y sostengo un par de novelas en las manos para no perder el equilibrio. Otras piso capítulos y dejo que la poesía me salve del vacío.

sábado, 25 de mayo de 2013

Guillermo Roz: "Nunca me sentí más cerca del abismo que cuando sufrí por amor"

Entrevista de Care Santos

Guillermo Roz no es nuevo en nuestras mesas de novedades. Este argentino, afincado en España desde hace varios años, ya sorprendió con su anterior novela Tendríamos que haber venido solos, y vuelve a hacerlo ahora con una historia cruel, perturbadora, que ahonda en la identidad y el juego de espejos de la verdad, y que acaba de publicar —sólo en formato digital— Musa a las 9 (www.musaalas 9.com). En esta entrevista, el autor nos habla de su literatura, su concepción de la juventud, sus planes de futuro y hasta del contenido de los cajones de su escritorio.

—Lo primero, enhorabuena por el Premio Francisco Ayala, que acaba de ganar. Es un premio pensado para difundir en formato digital la obra de narradores contemporáneos. ¿Usted es de los que se alegra de una difusión sin fronteras o de los que se lamenta de no tener en sus manos un libro de papel?
—Yo soy, definitivamente, del club que se alegra por la publicación bien hecha, en primera medida y si ésta me da la posibilidad inmediata de llegar a cualquier punto del planeta, muchísimo mejor. Leo tan bien en el papel como en un libro electrónico. Y lo único que me preocuparía en mi relación con el mundo de los libros, sería no tener acceso a ellos por medio, tanto de la lectura, como de la escritura. Todo lo demás es ganancia, y el Premio Francisco Ayala es parte fundamental de esa ganancia: escribí, se editó y ahora me toca invitar a los lectores a hacer su parte.
 
—Con su anterior novela, Tendríamos que haber venido solos (Alianza, 2012) fue usted Nuevo Talento Fnac. Sin embargo, roza los 40 años. ¿Algo que objetar al adjetivo “nuevo”? ¿O el tan traído y llevado “joven”?
—Me gustaría ser menor para ganar un premio que premiara a un muy joven, pero no hay nada que hacer, para la literatura en España y Latinoamérica, mi edad corresponde a sólo joven. Por otro lado te diría que el criterio de juventud, en mi caso, me remite a la inocencia con la que afronto todo lo que escribo. A pesar de llevar varios libros publicados siento, sin caer en el cliché, que nadie puede quitarme el miedo escénico, la incertidumbre absoluta y constante sobre el valor de lo que voy creando. Soy joven, en todo caso, en la medida en que soy siempre, un aprendiz asustado. Y para concluir me viene a la cabeza una frase de no sé quien: «el problema de hacerse viejo es que todavía uno es joven».
 
—Tanto en aquella novela como en esta me parece entender que la crueldad forma parte de su adn literario. ¿Es así? ¿De qué modo le interesa la crueldad como materia prima de la ficción?
—Mira, mi primera novela se titulaba La vida me engañó y creo que en ese título se resume de algún modo cierta concepción común de los personajes que pueblan mis historias. Crueldad como engaño, como fraude, como el cuchillo más afilado que nos espera en cualquier esquina del tiempo. Me interesa mucho la decepción y el amargor de los que se han visto profundamente humillados por un acontecimiento del todo imprevisto, y más si ese acontecimiento es de orden sentimental. No hay nada más cruel que una frustración amorosa.
 
—Les ruego que me odien es una novela cambiante, que sorprende a cada rato. Comienza como un romance, se convierte pronto en una suerte de thriller sentimental, luego da un vuelco absoluto en una sola escena y termina reflexionando sobre algunos asuntos que podríamos considerar grandes clásicos de la literatura de todos los tiempos: la verdad, la identidad, la locura.... ¿Pretendía dejar sin aliento al lector, escribir muchas novelas en una, experimentar...?
—No está mal lo de muchas novelas en una, es una idea que pongo en práctica no por razones semánticas sino por la disciplina de escritura que llevo. Me explico: me cuesta pensar una novela entera que no cuente, aunque con los mismos personajes, cuatro, cinco o seis historias, un poco a la manera de escenas teatrales. Esto, sin quererlo, deviene a veces en que de historia en historia, de escena en escena, la trama se monte a parámetros propios de diferentes géneros. Sin embargo no me importa en lo más mínimo, porque en definitiva no creo en los géneros y sí creo que cualquier vida puede teñirse una temporada de novela rosa, otra de novela negra y finalmente se cierre como un cuento de hadas. Lo que pretendí es que funcionara como una unidad, con diversidad interna, con vaivenes inesperados, pero que al final exista en el lector la sensación de que le han contado una historia, de las buenas.
—¿Tan próximos están amor y locura como parece desprenderse de estas páginas suyas?
—Creo que esta cercanía tiene que ver con una página autobiográfica: yo nunca me sentí más cerca del abismo, y llámese abismo a la locura, la muerte o el crimen, que cuando sufrí por amor.
 
—Si tuviera que elegir una familia literaria de cinco miembros, ¿a quién elegiría y por qué razón?
—¡Los envidiados padres de mis letras, los imitados hasta la desvergüenza! ¡Madre mía, qué difícil! A ver… Dante, porque descubrí que una lectura te podía hacer llorar. Cortázar, porque me generó esa necesidad imperiosa de decir cosas con palabras. Osvaldo Lamborghini, porque me mostró que la literatura no era nada de lo que me habían contado ni en el cole ni en la universidad, sino todo lo contrario. Onetti, porque no puedo salir del cenagal en el que me ha metido, ese maldito. Borges, no hace falta explicar por qué.
 
—¿Qué hay en los cajones de su escritorio (que pueda confesarse)?
—Millones de dólares, un par de tapones para los oídos, una blackberry vieja, un botón de repuesto de una camisa nueva, relojes sin pila, kleenex y una foto pequeñísima, de esas que las veías por un agujerito que servía de lupa, en la que se me ve a las tres años, junto a mis padres, en un circo. Lleva allí años, esperando encontrar la mirilla-lupa, o que mágicamente me caiga del cielo una igual. La guardo como un tesoro. Es del tiempo sin crueldad.
 

sábado, 11 de mayo de 2013

Javier García Sánchez: "Sé que ya no puedo aspirar al éxito. Por tanto, sólo me resta luchar por la inmortalidad"

Javier García Sánchez (Barcelona, 1955), es uno de los escasos autores literarios que aún campean en la narrativa española, un superviviente de mejores épocas. Sólido autor de una veintena de títulos (Mutantes de invierno, Teoría de la eternidad, La dama del viento sur, Última carta de amor de Carolina von Günderrode a Bettina Brentano, El mecanógrafo, La hija del emperador, El amor secreto de Luca Signorelli, Recuerda, Crítica de la razón impura, La historia más triste, Continúa el misterio de los ojos verdes, Oscar. La aventura de correr, Los otros, La mujer de ninguna parte, Falta alma, Dios se ha ido, El alpe d'Huez, Ella Drácula, K2, Júrame que no fue un sueño) siempre heterogéneos, arriesgados e intensos, nos presenta ahora este fabuloso Robespierre como culmen de su obra.


Entrevista de Ángeles Prieto Barba

—¿Cuándo y por qué surgió tu interés en las figuras de Robespierre y Saint-Just?, ¿qué vislumbraste en ellos para dedicarles luego tanto tiempo y esfuerzo?
—Hace más de treinta años pude comprobar, atónito, cómo ciertos hechos, y sobre todo ciertos datos, referidos a la práctica de lo que se llamó la Grande Terreur, no coincidían en absoluto. A partir de ahí, de biografía en biografía —aunque todas convencionales, se entiende— empecé a pensar: “Pues si Robespierre no pudo haber hecho esto o lo otro, ¿por qué entonces le culpan absolutamente de todo?”. Hasta que aparecieron en el horizonte los trabajos de Albert Mathiez. Aquello certificaba la magnitud de una conspiración mayúscula, cuyos nefastos efectos en la Democracia perduran en la actualidad. La Revolución Francesa empezó como un sueño casi colectivo y acabó en apenas un año, verano de 1794, envuelta en una gran mentira y en un formidable baño de sangre. Eso es lo que intento denunciar: la mecánica del Terror.
De otro lado, ya en 1985 el desaparecido Rafael Conte me convenció de que uno de los grandes personajes de la Historia Contemporánea era Saint-Just, y entonces me precipité en Saint-Just, alter ego del Incorruptible. De hecho, Rafael me llamó siempre Saint-Just, lo cual me llena de orgullo. Que él no estuviese aquí cuando nació la novela es uno de los dolores que, en relación a Robespierre, me acompañará constantemente. Y sin duda Saint-Just es, junto a John Lennon, el personaje de mi vida.

—Me llamó mucho la atención en el libro la manera de abordar la muerte, en especial que reserves para Saint-Just y para Sebastien un final deslumbrante y luminoso. ¿A qué es debido?
—Porque también Saint-Just es la “niña de los ojos” de Sebastien, que a su particular y testimonial manera narra la historia. Tienes razón, la muerte de un Sebastien ya ancianísimo —más aún, el momento preciso de su muerte— debía estar a tono con el resto de la narración. Pretendí que ese tránsito a la eternidad fuese la última y gran batalla con las palabras, pues en el fondo y en la superficie de eso va la obra: de la guerra a muerte entre las palabras, que siempre definen conceptos distintos. Lo que me resulta curioso es que pese a haber descrito mi propio destino como novelista en la parte final de la novela, ni siquiera nadie de entre mis allegados se haya dado cuenta de ello. Tal vez ya lo harán cuando toque, aunque yo no estaré aquí para verlo. Mejor así. Debo reconocer que he perdido por completo la paciencia. Expuesto de otra forma: me hallo exactamente en el mismo punto que Saint-Just en aquel aciago verano de 1794. Sé que ya no puedo aspirar al éxito. Por tanto, sólo me resta luchar por la inmortalidad. Si suena petulante, lo siento, pero así lo habría expresado mi amado Saint-Just.
—Tus libros, aunque de distinta extensión, son siempre intensos (El mecanógrafo, La dama del viento sur, El Alpe d'Huez, K2, por citar algunos). ¿Qué argumentos le darías al lector de Robespierre para que se anime a conocerlo?
—A los que de un modo u otro les parezco esencialmente “pesadito”, que ni toque Robespierre. Para ellos ese libro muerde, y creo saber lo que digo. A los otros, a los lectores fieles o incluso a quienes sientan curiosidad por el personaje o la época, les aseguro que esta es la madre de todas mis novelas, y no me refiero exclusivamente a la extensión. Hay que atravesar un proceso febril para comprender aquella fiebre negra que fue el Terror. Y cuando digo proceso febril me refiero también a la lectura. No sé, es como si propusiese una especie de viaje a la Antártida, en el tiempo, en los sentidos. Quiero, necesito pensar que quienes culminen la travesía a través del hielo hallarán ínsulas insospechadas. Además de que, me consta, ya nunca se llevarán a engaño respecto a lo que en verdad sucedió en la Revolución.
—Me ha sorprendido la espléndida edición, sin erratas. Esto no es habitual, sino excepcional. Habida cuenta de que en el propio libro nos confiesas que escribes a mano, ¿a quién o a quiénes debemos todo el trabajo de orden y transcripción?
—Siempre redacto dactilográficamente, con pluma o con rotulador. Gloria, mi madre, es quien pasa “a limpio” todas mis obras desde 1979. Ella, con sus más de 80 años, se trabajó las cinco versiones de Robespierre en ordenador. En cierta forma Robespierre es su obra. No me caracterizo por mi portentosa capacidad de síntesis, sabido es, pero aseguro que nunca podré superar en concisión y sentido las diecisiete palabras que forman la dedicatoria de la novela, a ella dirigida.
—¿Qué escribes ahora?
—Corrijo La casa de mi padre, novela en la que por fin me atrevo a hablar de mi anhelado Norte. Está ubicada en el medio rural y repleta de humor, de ternura, lo que podría parecer extraño después de Robespierre. Necesitaba cambiar de registro y reirme yo solito corrigiendo por enésima vez La casa de mi padre. Quiero decir, riéndome hasta las lágrimas. Por alguna razón ninguna de mis otras obras en las que había humor (La historia más triste, La vida fósil, Falta alma y Dios se ha ido) hicieron reir a la peña. Y es que la gente para esto de la risa es muy, pero que muy rarita. De modo que supongo que después de La casa de mi padre se me quitarán de nuevo durante algún tiempo las ganas de hacer reir. Pero volveré a intentarlo si la salud no falla antes, porque todo me parece visceralmente absurdo y eso, en literatura, es un filón. Lo que sí puedo asegurarte es que probablemente Robespierre sea la obra más importante de mi existencia, pero La casa de mi padre, lo sé, es la novela de mi vida.

sábado, 20 de abril de 2013

Victoria Álvarez: "Los libros son la máquina del tiempo más poderosa que existe"

Entrevista de Care Santos

Con Hojas de dedalera, su primera novela, Victoria Álvarez sorprendió a un buen puñado de lectores, y no sólo aficionados al género fantástico. Ahora lo hace de nuevo con la segunda, Las eternas, una historia de mujeres artificiales, ambientada en Venecia, en que la búsqueda del amor perfecto mueve a los personajes a aventuras sin fin. En esta entrevista, exclusiva para La tormenta en un vaso, su autora nos desvela los secretos de esta nueva y esperada entrega.

—Las eternas nos evoca de inmediato el mundo de Hoffman y sus mujeres artificiales. ¿Forma parte este autor de sus referencias literarias o es mera casualidad?
—La verdad es que fue una casualidad. Cuando estaba acabando de escribir la novela una de las amigas a las que les conté a grandes rasgos en qué consistía la trama me recomendó que leyera El hombre de arena porque creía que me resultaría interesante, y efectivamente me llamó mucho la atención, sobre todo por ciertas similitudes que existen entre Olimpia, la protagonista de Hoffmann, y la que yo había creado para Las eternas. De hecho, después de haber leído aquel relato decidí incluir un pequeño homenaje al comienzo del capítulo VII mencionándolo como uno de los numerosos libros que Silvana Montalbano tiene acumulados en su habitación. Dado que nuestros gustos literarios se parecen mucho estoy segura de que le habría fascinado tanto como a mí.
 
—¿Por qué Venecia y por qué el año 1908?
—Quería ambientar una novela en Venecia casi desde que comencé a escribir con nueve años. Cuando era muy pequeña mis padres me llevaron de viaje por Italia y me enamoré por completo de esta ciudad. He vuelto en numerosas ocasiones y siempre acabo sucumbiendo de la misma manera a su retorcida belleza, a la romántica decadencia de sus palacios, a los misterios que se esconden debajo de cada uno de sus puentes. Supe que tenía que escogerla como escenario para Las eternas desde el momento en que me puse a trabajar en esta trama. Además tuve la suerte de poder visitarla de nuevo durante el proceso de escritura con dos amigas que me acompañaron mientras recorría sus canales para tratar de dar con las localizaciones que necesitaba de cara a la configuración de la historia. Fueron unos días increíbles de los que nunca me olvidaré. En cuanto a la fecha, me entusiasman las historias de época y siempre que puedo tiendo a remontarme al siglo XIX o a comienzos del XX. Soy una romántica empedernida a la que le encantaría haber nacido en esa época, ¡así que no me queda más remedio que soñar con cómo debió de ser todo aquello a través de la literatura!
 
—¿Qué tiene de victoriana esta novela?
—Diría que la atmósfera, dado que la fecha de 1908 resulta un poco posterior y la ambientación en Italia tampoco se corresponde con la Inglaterra de la reina Victoria. La literatura victoriana siempre ha sido mi preferida, y he leído tantas novelas del siglo XIX escritas por autores ingleses que supongo que es inevitable que lo que yo misma hago se acabe pareciendo en cuanto a su concepción a las novelas de época que admiro. Sería una especie de literatura neo-victoriana que trata de rendir homenaje a los clásicos ingleses de siempre, en especial al Frankenstein de Mary Shelley al que se alude en tantas ocasiones en Las eternas.
 
—¿Por qué es juvenil Las eternas (si es que lo es)?
—No estoy muy segura. La verdad es que nunca la planeé de manera consciente como una novela destinada a un público juvenil, y de hecho creo que toca ciertos temas que serían más propios de la literatura adulta por lo escabrosos que pueden llegar a ser. Supongo que el carácter fantástico de una trama que gira en torno a unas muñecas mecánicas demasiado parecidas a los seres humanos ha hecho que mucha gente piense que se trata de una historia para adolescentes. Lo curioso es que los lectores que me escriben para contarme lo que les ha parecido la novela tienen edades de lo más variadas. Les ha gustado tanto a chicos de diecisiete años como a adultos de cincuenta, lo que no deja de ser una alegría para mí. Creo que quiere decir que se trata de una historia atemporal que podría gustar a cualquier edad.
 
—Creo que tiene usted alguna que otra anécdota que contar con respecto a esa clasificación, “juvenil”. ¿Le apetece compartirla?
—Efectivamente, se trata de un tema al que he dado muchas vueltas en los últimos años. Cuando comencé a enviar a los diecinueve mis novelas a las editoriales siempre solía recibir negativas, principalmente porque cuando las mandaba a una editorial juvenil me decían que los temas tratados resultaban más propios de un sector adulto, y cuando hacía lo mismo con una editorial especializada en literatura para adultos, me decían que su carácter fantástico las hacía parecer juveniles. La verdad es que esto me dio muchos quebraderos de cabeza porque llegué a pensar que me encontraba en una tierra de nadie, que lo que hacía nunca podría gustar a nadie. Ahora, en cambio, el mundo editorial está presenciando el auge de lo que se suele denominar “crossover”, una especie de encrucijada literaria donde entrarían los títulos que atraen la atención tanto de lectores jóvenes como de adultos. Me parece estupendo que esto suceda ya que personalmente nunca me ha parecido necesario que existan unos límites tan estrictos en cuanto a los potenciales lectores de una novela. ¿Cómo vamos a saber nosotros con absoluta certeza las edades para las cuales resultan más adecuadas nuestras historias? ¿No debería ser en el fondo una elección personal del propio lector?
 
—En su novela, el amor salva a los protagonistas, les redime. ¿Eso sólo pasa en la ficción?
—En absoluto. La persecución del amor verdadero es una historia tan vieja como el mundo, una que merece seguir siendo contada de todas las maneras posibles precisamente porque siempre ha estado con nosotros. El problema es que cada vez nos encontramos más inmersos en una sociedad basada en el “ahora”, en la inmediatez, en querer conseguir las cosas del modo más rápido, y en deshacernos de lo que ha dejado de llamar nuestra atención sin acordarnos de que las personas no son objetos que se puedan usar y tirar. Los problemas amorosos que se plantean mis protagonistas no son totalmente distintos de los que podemos experimentar en la actualidad, aunque a las preocupaciones habituales se suele sumar el hecho de que literariamente hablando siento debilidad por los amores imposibles... y no les suelo poner las cosas demasiado fáciles. ¡Pero es que sin una dosis de drama no habría historia!
 
—Está claro que siente usted predilección por la novela fantástica. ¿Sabría decirnos por qué?
—Básicamente porque siempre, desde que era pequeña, he concebido la literatura como una especie de escapismo. Leyendo podía viajar a lugares mágicos que no existían en la realidad y transportarme a épocas pasadas que de otra manera no habría conocido nunca. Lo mismo me sucede cuando me siento a escribir casi veinte años más tarde. Los libros siguen siendo a mi juicio la máquina del tiempo más poderosa, imperecedera e infalible que existe. No necesita combustible de ningún tipo ni se le tienen que hacer reparaciones por muchos años que arrastren a sus espaldas. Ahí es donde creo que reside la auténtica magia de esta profesión.
 
—¿Qué será lo siguiente?
—Por ahora no puedo contar mucho, simplemente que estoy acabando una nueva novela y que si todo sale como espero acabará viendo la luz como las anteriores... ¡cruzo los dedos para que sea así! ¡Y para que emocione a los lectores tanto como Las eternas y Hojas de dedalera!

sábado, 6 de abril de 2013

Jesús Carrasco: "Me siento como el amigo que no puede beber porque tiene que conducir"

Entrevista de Care Santos

Una sorprendente ópera prima ha agotado esta temporada los elogios de críticos y editores: Intemperie, de Jesús Carrasco, publicada por Seix Barral. Su autor, de poco más de cuarenta años, extremeño —de Badajoz— y afincado en Sevilla, ha escrito una fábula de la desolación en que un niño es el protagonista. A través de un lenguaje certero, tan despoblado de elementos superfluos como el propio paisaje que describe, Carrasco traza la metáfora de un mundo que está mucho más cerca de lo que imaginamos. En esta entrevista, exclusiva para La tormenta en un vaso, el autor no habla de su personal ritmo de escritura, comparte su visión del mundo literario, explica cuál es su relación con ciertos géneros literarios y deja en el aire algunas incertidumbres inesperadas.

—¿Qué se siente cuando le emparentan a uno literariamente con Delibes, Llamazares o McCarthy?
—Al principio, desconcierto. En este momento, no es tanto un sentimiento, como un entendimiento. A medida que voy conociendo el funcionamiento del mundo editorial, voy comprendiendo sus códigos. Ahora sé lo difícil que es dar a conocer "a pelo" a un autor inédito. Para hacerlo, lo más eficaz es colocar el nombre del nuevo junto al de autores consagrados, no tanto para comparar sus calidades, como para acotar el territorio literario en el que habita el desconocido.

—Tardó 20 años antes de decidirse a dar algo a un editor para su publicación. ¿Es lo suyo un elogio de la lentitud o alguna patología que podamos conocer?
—Ambas cosas. Soy lentísimo, escribiendo y viviendo. En cuanto a la patología, podríamos referirnos a ella como autocrítica. No he llamado a la puerta antes porque no tenía nada que ofrecer que me gustara, al menos en el terreno de la literatura para adultos.

—Esa tierra de la despoblación y de la desolación que retrata su novela, ¿busca convertirse en metáfora de alguna tierra real?
—Sí, pero no estrictamente. El territorio de la novela está inspirado en el mundo real. El castillo, el olivar o el pueblo abandonado, existen de verdad, pero solo los reconocerán como reales aquellos lectores que vivan en esa zona. Para el resto de lectores, la mayoría, el territorio conserva toda su carga metafórica. La sequedad y la planicie como representación de la dimensión mezquina y aburrida de la existencia.

—Su novela no está dividida formalmente en varias partes, pero tiene dos muy distintas: en la primera, la acción discurre con lentitud, no parece que pase nada. Es a partir de la mitad, más o menos, que todo cambia y atrapa de verdad al lector. ¿Era consciente, durante la escritura, de que generaría este efecto?
—Mi intención era trazar una línea ascendente, pero lo cierto es que, durante la escritura, al menos en mi caso, estás tan cerca de lo que haces que no ves bien el conjunto. Cuando terminé la novela, la dejé reposar durante unas semanas para poder leerla íntegra con cierta frescura mental. Ahí fue cuando percibí nítidamente las aceleraciones del texto.

—El niño de su relato es casi un personaje épico. ¿Qué tal se lleva usted con la épica?
—Me llevo bien, pero a mi manera. Salvo casos excepcionales, no me siento identificado con el ratamiento que la literatura, o el cine, han hecho de eso que llamamos épica. Seguramente, por diferencias a la hora de decidir aquello que es heroico. Dice Baudelaire que la tarea del héroe consiste en buscar lo nuevo braceando en las profundidades de lo desconocido. Ese podría ser el esquema tradicional. El concepto de lo heroico que me interesa, es una versión modificada del pensamiento de Baudelaire. El héroe que busca lo nuevo pero braceando en la superficie de lo conocido. La persona que, sin salir de su casa, se mira y se transforma. ¿Existe algo más heroico que vencer las propias resistencias?

—El libro ha estado —está aún— en las listas de más vendidos durante semanas, ha sido traducido a un buen número de lenguas. ¿Ha tenido que tomar usted algo especial para hacer la digestión de un éxito tan monumental?
—Sinceramente, no tengo conciencia de estar teniendo un éxito monumental. Me siento como el amigo que no puede beber porque tiene que conducir. Me encuentro en medio de una gran fiesta profesional, pero me cuesta perder la cabeza.

—¿Tiene originales en el cajón?
—No sé si tengo esos originales en un cajón o en una sepultura. Donde sea que estén, hay tres novelas: dos infantiles y una para adultos. También varias colecciones de relatos y algunas cosas más.

—Supongo que sus editores querrán que les libre algo antes de que pasen otros 20 años. ¿Lo hará?
—Eso, no lo puedo asegurar.