lunes, 21 de marzo de 2016

Fernando García Maroto: "Escribir es una compulsión"


Entrevista de Fernando Sánchez Calvo

La geografía de los días (2007), La distancia entre dos puntos (2009), Los apartados (2012), La vida calcada (2013), y ahora Que se enteren las raíces (2015). Fernando García Maroto es un narrador directamente lanzado que además está pudiendo disfrutar de una relación agraciada con pequeños sellos editoriales de nuestro país. Después y antes de su nueva inmersión en el relato, hablaremos con él, dos años después, de su última novela, de su evolución como escritor, de sus miedos y lecturas y de sus proyectos de futuro. Aviso a navegantes: viene más nihilista que nunca.

—Dejémonos de prolegómenos y vayamos al meollo de la cuestión: ¿usted es más de Rengo o de Lezna? No se me salga por la tangente y me vaya a decir que de Vogler.
—Difícil elección, porque, sin recurrir deliberadamente a ningún aspecto biográfico, hay algo de mí en ambos personajes. Inevitablemente el autor, quiera o no, consciente o inconscientemente, se cuela un poco en la existencia de sus criaturas. No puedo decir que uno de ellos sea mi favorito, o que reniegue de uno en detrimento del otro, pero desde luego la identificación más acertada sería con Lezna: un individuo absolutamente reflexivo, maniático hasta alcanzar cotas desproporcionadas, un punto pesimista y otro punto insatisfecho con el mundo que le rodea. No es una imagen muy alentadora, pero hace justicia y es la más cercana a la realidad. En mi caso, no es que yo aspire a alcanzar los atributos o los defectos de mis personajes, sino que fatalmente ya los tengo.

—Más de alguno le habrá dicho que Rengo y Lezna son dos caras de la misma moneda.
—Y no se equivoca: uno es el complemento del otro, aquello que le falta; aunque no necesariamente aquello que desearía tener. No pueden vivir el uno sin el otro, la historia quedaría coja (valga esta expresión nada inocente) si uno de los personajes desapareciera. Sus caracteres, sus manías, sus miedos y sus obsesiones son parecidas; en el fondo, no son tan distintos.

—Y recuperando al pobre de Vogler, principal objetivo sobre el que descargar la furia, ¿por qué siempre se tiene que querer matar a alguien? Estilística y vitalmente, se entiende.
—El número de temas en literatura realmente es escaso. Esta novela trata acerca de la traición, así que la venganza y la muerte (el asesinato si se quiere) son las consecuencias finales, paroxísticas de la misma. También, desde mi punto de vista, hay una especie de magnetismo en toda acción y todo proceso de destrucción (incluidos los de autodestrucción), y una necesidad natural, casi espontánea, de derribar ciertos muros para seguir construyendo, para construir otros nuevos que sustituyan a aquellos que ya no sirven, que han perdido su resistencia.

—Y en el plano femenino, ¿es más de Verónica o de Elisa?
—Aquí no tengo tantas dudas: de Elisa, por supuesto. Es uno de mis personajes favoritos, y el desencadenante de toda la historia. Siempre tengo muchas dudas sobre el tratamiento que doy a los personajes femeninos, pero luego, al leer y releer la historia, me parecen mucho más atractivos que los masculinos, con más matices y diferentes motivaciones. Supongo que esto es parte esencial y natural de la propia historia que se cuenta, así como de las motivaciones de cada uno de ellos.

—Esta novela es la historia de una venganza conyugal. ¿Por qué las parejas llegan a ese nivel de destrucción? ¿Por qué no parar antes? Su contestación vale para su libro y para la vida en general.
—Realmente no soy el más indicado para dar consejos o sentar cátedra sobre las relaciones de pareja. No obstante, creo que el deterioro de cualquier tipo de relación es inevitable y forma parte del propio proceso, de la forma de relacionarse. Me gusta reflexionar sobre esto en todas mis historias; pero aun así, no tengo respuesta para la segunda de sus preguntas. La ficción me permite llevar al extremo esas pequeñas humillaciones y traiciones cotidianas que todos, de un modo u otro, de vez en cuando padecemos. Es como si el conocimiento profundo del otro nos permitiera el acceso a la manera más eficaz de hacerle daño en lugar de conseguir su felicidad.

—Creo que la entrevista que le hicimos en este mismo blog hace ya dos años con motivo de La vida calcada fue demasiado blanda. Insisto en ser radical, es decir, en ir a la raíz del asunto: ¿por qué no hay esperanza en sus libros, en su mente, en sus personajes, en sus finales?
—Parece que llega el momento de ajustar cuentas. Es evidente que no soy una persona optimista, y mi visión de la realidad que nos rodea no es la más benévola. Creo que la esperanza, si la entendemos como una apuesta firme por el futuro, como un alivio que se encuentra en el porvenir, es un sentimiento pernicioso y absurdo. No creo que las cosas, por el mero hecho de pasar el tiempo, vayan a mejorar. Sin embargo, esto no es necesariamente malo. Puede que resulte paradójico, pero este tipo de lucidez no debe detenernos: aun así y pese a todo, debemos seguir adelante. Sin esperanza, sin ilusiones; pero hay que seguir. No hay esperanza, pero yo no me resigno.

—Sabe que posiblemente de haber otras reseñas del libro, algún crítico le saldrá con que la novela es demasiado “morosa” en su tratamiento del tiempo. Mucha reflexión y poca acción. ¿Está preparado para responder a esto?
—La respuesta es sencilla: tienen razón. La inclinación por la reflexión es deliberada; pero precisamente esta misma reflexión es la que hace avanzar la historia. Creo que en nuestra vida sucede lo mismo: acciones puntuales que luego dan vueltas y más vueltas por nuestra cabeza, como si de este modo pudiésemos cambiar aquello que ya ha sucedido o pretendiésemos, equivocadamente, modificar el curso de los acontecimientos.

—De nuevo Onetti, homenajeado de todas las maneras posibles de nuevo en un texto suyo.
—Siempre será un referente. Aunque es cierto que en esta novela las referencias y los homenajes son más sutiles, menos recurrentes. Al fin y al cabo, el mismo Onetti decía que «hay que renegar del maestro antes del tercer canto del gallo». Sin embargo, él nunca lo hizo del suyo, del gran Faulkner.

—Tengo que reconocerle que lo que más me ha dolido, como colega de profesión, ha sido la siguiente afirmación de Rengo en los capítulos iniciales de la novela: “Escribir es una compulsión y no suma nada. Con cada línea que concluyo voy restando poco a poco hasta el momento final en que no quede nada por escribir ni de dónde restar. Escribir te deja aún más solo, te aísla, te incomunica, no te acerca a nadie; y a esos que pretenden cándidamente acercarse a ti los ahuyentas en silencio.” Espero que me diga que no se siente para nada identificado con estas palabras.
—No, por supuesto que no me siento identificado: a veces, por juego, me escondo tras mis personajes; pero éste no es el caso. Sólo estoy de acuerdo en la primera afirmación: escribir es una compulsión. Además, volviendo al maestro Onetti, ahora más que nunca puedo hacer mío este consejo suyo: «Mienta siempre».

—Y otra cosa: ¿le parece a usted bonito comparar a Dios con un camarero enfadado al que se le intenta engañar? Me ha gustado la metáfora.
—Creía que todos los tropos sobre el altísimo ya estaban agotados. Sí, es cierto; en el Capítulo 8 de la novela aparece esta imagen. La existencia como una gran estafa, como el engaño que nunca ha dejado de ser, y el ser humano pretendiendo cambiar una vez más los supuestos designios divinos.

—Le reconozco que, aunque parezca mentira, me he reído mucho en un episodio: el encuentro entre Lezna y Julio. Se está usted convirtiendo en un especialista en extraer humor de los episodios más lamentables.
—Creo que el humor, o más bien el humorismo, precisamente funciona a la perfección en este tipo de situaciones: cuanto mayor sea la tragedia, más tendremos que ironizar sobre ella. Es una especie de remedio, de cuidado paliativo, porque la miseria humana, por desgracia, no va a desaparecer.

—La edición de Triskel es bonita. Sobria. Como su libro. ¿Cómo llegó hasta ellos?
—A través de las redes sociales. Se habla mucho sobre su inutilidad, sobre sus efectos perniciosos, sobre esa miseria que desde luego abunda y que le comentaba antes; pero también, si se quiere y uno se preocupa, es posible encontrar puntos de entendimiento y de conversación. Para mí ha sido un auténtico descubrimiento esta editorial que cuida al autor y valora tanto su labor como sus opiniones, y el trabajo con sus editores, Pablo y Rafael, ha resultado muy gratificante y provechoso.

—Tengo entendido que, aunque se haya publicado en octubre, la novela la escribió hace más de tres años. ¿Mucho retoque desde entonces?
—Retoques, dudas y, por supuesto, mucho trabajo posterior para que la estructura de la misma (que es importantísima en el desarrollo de la trama) no tuviera ninguna fisura y resultara todo lo sólida que yo deseaba.

—Comprenderá que le tengo que preguntar por nuevos proyectos.
—A principios de este año 2016 ha salido publicado mi segundo libro recopilatorio de cuentos, en formato digital, publicado por Uno Y Cero Ediciones, y que lleva por título Arquitectura del miedo. Son diez relatos donde el lector volverá a encontrar mis temas predilectos, esos que verdaderamente dan miedo: traición, maldad, soledad, indiferencia. Además, como he venido haciendo hasta ahora, seguiré colaborando con diferentes revistas de creación literaria.

—Sea sincero: ¿cuál de los personajes le da más pena, grima, o las dos cosas a la vez?
—Por supuesto, Lezna: su incapacidad para enfrentar el mundo y recuperarse de los reveses es tan patética como conmovedora.

—Y para terminar, le pido que responda sin miedo (nadie nos lee): ¿es ésta la mejor novela de las cuatro que tiene publicadas hasta ahora? ¿Por qué?
—No sé si es la mejor, tampoco me corresponde a mí aseverar algo de ese estilo. Sí que es de la que más satisfecho estoy, por el momento: el equilibrio que existe entre la trama, la estructura, los personajes y otros aspectos literarios, para mi gusto, es de los más logrados que he conseguido.

—Pues muchas gracias. Un saludo. Y tenga cuidado: nunca se sabe si hay alguien planeando alguna venganza sobre uno mismo.
—Muchas gracias a usted. Como siempre, ha sido un verdadero placer. Y tendré cuidado: siempre hay alguien, seguro.

viernes, 20 de marzo de 2015

Gemma Lienas: «No estoy dispuesta a bajarme del mundo»

Sería vulgar comenzar diciendo la edad de Gemma Lienas. Por eso diremos, mejor, que no es una jovencita en su primer vuelo. Todo lo contrario: autora veterana, con una sólida trayectoria literaria a sus espaldas; gran conocedora del mundo editorial, que ha ocupado su actividad profesional durante largas etapas de su vida, su nombre hace décadas que encandila a lectores de todas las generaciones. Sin embargo, leyéndola cualquiera podría pensar que se trata de alguien que acaba de salir de la adolescencia. ¿El secreto? Una aguda capacidad de observación, un dominio absoluto de tratamiento de las emociones, mucho oficio y, según ella reconoce, una dieta en la que no falta el chocolate. 
—Facebook, hackers, series anglosajonas de última generación, Minecraft, whatsapps, lenguajes informáticos, comunidades de geeks... Leyendo esta novela algún desinformado podría pensar que su autora tiene 25 años. ¿Sigue alguna dieta secreta para mantenerse intelectualmente tan joven?
 
—Me encanta comer chocolate, tal vez sea esto ;-)  Ahora en serio, creo que envejeces cuando decides apearte de lo que ocurre en el mundo. Y yo no estoy dispuesta a bajarme. Desde 1987, en que me compré un ordenador con el primer premio que gané, hasta el 2015, en que doy conferencias y cursos por Skype, no he dejado de explorar las nuevas tecnologías. Pero, sobre todo, lo más importante de mi dieta es la lectura: soy una devoradora de libros y eso ayuda a estar en forma.
—¿Por qué el síndrome de Asperger?
—Me interesa todo lo que tiene que ver con nuestro cerebro, con nuestra mente, la cognición y las emociones. En mi casa hay más de 10.000 libros y una parte de ellas son de psiquiatría y psicología. Que se sepa: cuando vuelva a nacer seré neuropsiquiatra. Así que, a menudo, mis novelas giran en torno a problemas psicológicos. Y el síndrome de Asperger, que es una forma leve de autismo, en la que la inteligencia está conservada pero la interacción social resulta difícil, entra en este tipo de temas que me apasionan. Me acabó de motivar el hecho de que cerca de mi hay una persona con este síndrome.
—Pone los pelos de punta ver en acción al pederasta de su novela. ¿En qué momento decidió que debía tratar este asunto en toda su crudeza? 
—Yo tenía en la cabeza una novela en la que el protagonista era un chico Asperger de 16 años,  con una gran habilidad para la informática, pero aún no sabía qué le ocurría cuando leí una noticia en el periódico: acababan de detener a un pederasta. Entonces, lo tuve claro: Sam iba a verse envuelto en la persecución digital de un delincuente de ese tipo. Y decidí tratarlo con la máxima crudeza porque me parece un tema duro que no se puede suavizar.

—Por contraste, la historia de amor es una de las más bonitas, divertidas y tiernas que he leído nunca. ¿El sentido del humor es un recurso para contar de otro modo lo que se ha contado tantas veces? ¿Es posible contar el amor de un modo diferente? ¿Hay que intentarlo? 

—Me encanta que te haya gustado la historia de amor. No sé si tenía en la cabeza contar una historia de amor diferente, pero está claro que con un protagonista “diferente” la historia puede serlo. Y por otro lado el recurso del humor me parece importante no sólo en las historias de amor sino en general en cualquier historia. Lo utilizo mucho, por ejemplo, para contar historias muy duras sin que resulten trágicas o lacrimógenas.
—-Emili Teixidor decía: “Novela juvenil es aquella que también pueden leer los jóvenes”. ¿Está de acuerdo? ¿Añadiría algo? 
—No añadiría nada. Me parece una definición perfecta. Emili casi lo era ;-)

—¿Cuál es la frase que más se repite a sí misma cuando está escribiendo? 

—No me repito una frase sino una imagen, la de un lector concreto (una persona conocida y querida, distinta para cada novela). Y pienso: ¡ojalá le guste!

viernes, 10 de octubre de 2014

Víctor Álamo de la Rosa: «La literatura es muy hija de puta y es ella quien decide si eres o no eres escritor»

Víctor Álamo de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1969). Poeta y narrador, ha publicado cuatro libros de poesía, seis novelas y dos libros de relatos. Su obra se ha editado en países como Francia, Portugal, Croacia, Brasil, Venezuela, Alemania, entre otros. Entre sus novelas destacan El año de la seca (1997), prologada por José Saramago, Campiro que (2001), cuya traducción francesa fue finalista del prestigioso Prix Fémina a la mejor novela extranjera, Terramores (2007) y La cueva de los leprosos (2010). Isla nada (2013) es su última novela hasta la fecha.

—Isla nada cierra un ciclo dedicado a las Islas Canarias, el archipiélago que le vio nacer. ¿A qué obedece esa necesidad de hablar de su territorio?
—Efectivamente cierro un ciclo novelesco donde he querido conformar un mundo narrativo propio anclado a la idea de isla y de mar, para explotar ese lado mítico de la insularidad que tiene casi una microtradición literaria propia, porque las islas en literatura siempre han dado mucho juego. Recordemos por ejemplo a Stevenson y su isla del tesoro o a Cervantes y a su isla Barataria, sin ir más lejos. Más allá de lo obvio, es decir, que soy canario y por tanto un ser insular y que mi memoria, y sobre todo, la memoria de mi infancia, está anclada a una isla, a un territorio siempre cercado por el muro azul del mar, he de confesar que situar mis novelas en islas también obedece a esa intención puramente literaria de explotar también yo el misterio, la magia, las posibilidades y paisajes de las islas, insertándome también conscientemente en esa tradición literaria de la insularidad que tantas obras maestras ha dado a la literatura universal. Cuando mis novelas empezaron a traducirse en Francia, por ejemplo, me di cuenta de que allí se leían así, es decir, como novelas que se ambientan en islas misteriosas, míticas, casi irreales, lejos de la realidad geográfica que impone una cartografía y unos mapas que llaman Canarias al archipiélago donde nací. Este juego entre realidad y ficción me pareció muy literario y me dediqué a explotarlo en estas novelas que, aunque independientes, tienen mucho que ver las unas con las otras. Isla nada cierra el ciclo porque destruyo la isla mítica de mis narraciones pero también porque abro mi narrativa a otros lugares tan dispares como la Antártida o Río de Janeiro. Sentía la necesidad de imponerme nuevos retos narrativos porque si algo tengo claro es que el escritor no puede ser acomodaticio sino que, si de veras quiere hacer arte, debe estar imponiéndose retos continuamente, probándose a ver hasta dónde puede llegar

—¿Hay algún otro “territorio” que como escritor quiera reivindicar?
—Sí, ese territorio del español como lengua poderosa, riquísima, portadora de una tradición literaria radiante, ese territorio sin fronteras que ojalá un día aprendamos a articular y vertebrar políticamente porque es de una riqueza tan extraordinaria que casi no nos merecemos. Somos muy afortunados por tener el español como lengua.

—En la novela hay un piano que tiene gran importancia en la historia. ¿Los objetos son testigos, protagonistas, pretextos para narrar?
—Claro que sí. El piano en Isla nada es como el cofre de La isla del tesoro porque va más allá del objeto en sí para ser símbolo y atesorar vivencias. En la novela es también una excusa para casi convertirlo en un personaje más. El piano es, como dices, un pretexto para narrar desde el silencio de un objeto aparentemente mudo que sin embargo tiene mucho que decirnos. Sus notas guardan la historia tremenda de un siglo, del siglo XX, que se mueve entre los hitos de las guerras mundiales y la hecatombe financiera, pero también moral y social, con la que inauguramos el año 2000, el cambio de milenio, y cuyas náuseas fluyen hasta hoy. Por eso también escondo dentro del piano a un lagarto que aparece en todas mis novelas porque es precisamente símbolo del tiempo detenido, como los fósiles.

—La reflexión sobre el pasado como hilo conductor. ¿No hay más tema que el tiempo, como dijo Yasmina Reza?
—El tiempo nos recuerda la importancia de aprender de las voces del pasado, esas voces que siempre debemos escuchar porque siempre tienen mucho que decirnos y mucho de que avisarnos. Las voces de quienes nos precedieron en la vida y el mundo siempre nos están hablando, informando, conformando así nuestro futuro. No existe el presente porque siempre es pasado y nosotros, los novelistas, debemos afinar el oído para escuchar todas las murmuraciones y secretos de las voces del pasado. De hecho, solo los narradores podemos retratar la esencia del mundo que ya pasó pero que todavía nos incumbe. La Historia no está en los libros de Historia, sino en las buenas novelas. El tiempo y lo que nos va dejando de importante solo puede ser capturado por la narrativa

—¿A qué escritores considera su familia literaria?
—A muchos porque tengo la suerte de ser un escritor del siglo XXI y eso significa que hay a mis espaldas una tradición literaria poderosísima de la que amamantarme. Soy licenciado en Filología Hispánica y eso propició que desde muy joven descubriera las genialidades literarias de nuestros clásicos, sobre todo Cervantes y San Juan de la Cruz, porque si algo reivindico más allá de autores y obras es el género de la poesía, al menos en mi caso fundamental en mi formación. La poesía de los grandes poetas es siempre el género que va delante, que nos lleva una vuelta de ventaja. Después de los clásicos siempre cuento entre mis familiares literarios directos a Galdós, Cortázar y a los narradores del boom hispanoamericano, sobre todo a Rulfo, Onetti, Gabo, aunque ahora mismo estoy convencido de que la gran narrativa contemporánea la están haciendo en inglés autores como Cormac McCarthy, Coetzee, Doctorow o Philip Roth. Novelas como La carretera o Homer y Langley ya pueden contarse entre las primeras obras maestras de la literatura del siglo XXI. No puedo olvidarme de una influencia determinante en mi formación, que fue La montaña mágica de Thomas Mann. También, como canario que soy, me interesa mucho la tradición literaria canaria, precisamente por lo de singular y extraordinaria que tiene dentro de las muchas literaturas que se escriben en español. El tratamiento de temas como la isla, el mar y ciertos mitos, junto con la entrada del surrealismo directamente en vena, que para eso estuvo en Tenerife el gurú André Breton, ha propiciado el nacimiento de obras muy emblemáticas y muy originales como Crimen, de Agustín Espinosa, El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova o la poesía de Luis Feria y José María Millares Sall, dos de los grandes de nuestro idioma. Sus obras seguro que también están en mi ADN.

—Hábleme de sus mayores preocupaciones a la hora de escribir. ¿Qué es lo que no se puede quitar de la cabeza?
—No me quito de la cabeza la obsesión por ser sincero con el arte de escribir, con ser auténtico, es decir, que mi escritura sea capaz de alzar el vuelo literario y sea contundente su apuesta por la simbiosis entre el fondo y la forma, el tema y el estilo. Detesto toda esa falsificación actual que se vende como literatura y no llega ni a subliteratura. Es una estafa, una prosa que se muere planamente de principio a fin, sin matices o sugerencias. A veces pienso que los buenos libros deberían venderse muy caros y los malos muy baratos, para que de algún modo se diferencie, como ocurre con el vino, qué sé yo. Los tiempos modernos, la facilidad para publicar y la escasez de crítica literaria, parecen haber impulsado el atrevimiento irrespetuoso de los cualquiera que se creen no solo capaces de escribir sino de publicar y de reivindicar espacios para ellos. La literatura es muy hija de puta y es ella quien decide si eres o no eres escritor. A menudo pienso en el brutal compromiso que implica un oficio artístico, como lo es escribir literatura, para quienes en verdad sabemos lo que cuesta, pero también me pregunto qué demonios pasa por la cabeza de alguien que un día decide escribir y publicar sin recato. A nadie se le ocurre ir por la vida de músico porque haya aprendido un día dos acordes en una guitarra, sino que te reconocería que para ser músico habría que estudiar muchos años un instrumento y solfeo y practicar mucho. Sin embargo esto parece no valer para la literatura y cualquiera perpetra con alevosía sus basuras y las publica. Esto antes no importaba, pero ahora empieza a preocuparme la desfachatez contemporánea. Y creo que hay que reivindicar el espacio del escritor de verdad, el que sabe que esto es muy difícil, y que hay que leer y escribir mucho y tirar a la basura muchos manuscritos para ver si un día llegamos a tener entre las manos algo publicable, artístico, literario. Si es que ya cualquiera va de escritor. Esto forma parte de un problema complejo que es el enorme proceso de trivialización de todo al que nos están sometiendo los poderes actuales. Nada tiene importancia, todo se trivializa, eso lo hace cualquiera. En realidad creo que debemos empezar a luchar contra ese proceso de trivialización reivindicando lo que siempre fue central, fundamental, y hablar de la necesidad imperiosa de rehumanizar el mundo, de volver a un humanismo vital donde el hombre vuelva a ser medida de todas las cosas y no el dinero. Creo que la principal tarea del escritor actual es contribuir a rehumanizar la vida. Es como si al hombre contemporáneo se le hubiera olvidado lo que es, esto es, que es un ser humano con capacidad para la justicia, el amor, el arte, la vida, mientras que parecemos dedicados a sus contrarios, a la guerra, la injusticia, el desafecto, la trivialización de la cultura y de los libros. Creo que hay que decir basta y volver a reivindicar la figura del intelectual, de la persona sabia que nos diga y nos oriente y nos abra caminos a la multitud.

martes, 8 de julio de 2014

Eme Agra-Fagúndez: «Escribir es una forma de vivir»

10 dardos para diez dianas pretenden desvelar al público de La Tormenta quién es María Agra, joven madrileña, narradora, poeta, filóloga en ciernes, que publica con tan sólo 25 años su segundo libro de “breverías”. Aprovechando que Cualquiera podría quererte más que yo confirma su vocación, en esta entrevista intentaremos acudir al origen de todo y desvelar algunas líneas de aquello en lo que se puede convertir María Agra.

—¿Qué es eso de que una joven como usted pierda el tiempo escribiendo?
—La juventud siempre es relativa. Escribir es una forma de vivir, de vivir la vida desde otro prisma diferente al único que nos da la realidad. Las palabras cubren de belleza o fealdad todo lo que nos rodea y, sobre todo, nos explica a nosotros mismos. Creo que invertir el tiempo en escribir es una forma esencial de curiosidad.

—Es usted un tanto ecléctica en su forma de escribir y sin embargo es todo una clásica en la temática (el amor, el despecho, el reencuentro). ¿Está de acuerdo con esta semblanza?
—Estoy de acuerdo, creo que lo ecléctico de mi escritura se debe a que soy hija de mi tiempo, observo mi mundo, todo lo que me rodea y trato de buscar alternativas comprensibles en las palabras. Pero no puedo escapar de mi esencia, por suerte o desgracia, yo nací humana; y los seres humanos siempre hemos sido lo mismo: amor y corazón, soledad y búsqueda.

—¿Por qué un género tan breve y tan indefenido? ¿Qué le aporta respecto a la novela u otros géneros más clásicos?
—Me aporta, sin duda, libertad y sinceridad. He escrito mucha poesía y estoy trabajando en novela, pero creo que este género entre el cuento y la "brevería" es una forma de flujo de pensamiento, sin normas muy establecidas ni mediciones de estructura. Creo que la palabra nace, que existe antes de que nosotros mismos la conozcamos, y "Cualquiera podría quererte más que yo" nació con este rostro.

—¿Qué escritores le convirtieron en escritora?
—No sabría retroceder hasta el momento del nacimiento. Pero sí tengo nombres que me han marcado como giros radicales en mi vida. En mi adolescencia me enamoré de Ángela Becerra, de sus historias de amor nacidas en el alma, de sus personajes. En su imagen concebí que eso era lo que yo quería para mí, me definió en un camino. Me cautivó, también, Pedro Salinas y su sencillez al expresar el interior complejo. Jaime Sabines o Benedetti. Una transformación grande se la debo a Juan José Millás y sus obsesivas historias. Por supuesto, desde el inicio del libro, aparece el escritor que partió mi vida en dos, y que se ha convertido en alguien familiar, parte de mi día a día; el maestro Julio Cortázar. Aunque nombrar me resulta difícil. 

—¿Qué libros le convirtieron en lectora?
—En lectora, más que libros, me convirtieron mis padres: Javier y Aurora. Recuerdo infinitas noches a mi padre inventándose cuentos, o leyéndomelos. A mi madre, que leía cuentos y poemas conmigo y después dibujábamos lo que aparecía en ellos. Sin embargo, si tuviera que nombrar un libro, aunque es un pasado bastante reciente, sería Lo que le falta al tiempo de Ángela Becerra. De la niñez tengo muy vivos Fray Perico y su borrico y los poemas de Lorca.

—Aprovechando que está en el ecuador de su carrera filológica, ¿cuánto de su aprendizaje le debe a la universidad, cuánto a la vida y cuánto a otros prestamistas?
—He notado un cambio enorme desde que entré en Filología, he descubierto muchísimos autores y modos más académicos de literatura. He tenido grandes profesores que me han aportado conocimiento pero, sobre todo, ilusión. Sin embargo, a la vida se lo debo todo; el vivir y experimentar es lo que nos hace personas. Creo que ser profesional sin ser persona no tiene gran sentido. Y en el vivir están los prestamistas, me nutro de otras personas siempre. Ni este libro ni yo seríamos posibles sin las personas que tengo cerca. Todo es un puzle que encaja.

—Este verano. ¿se quedará en Madrid "currando" para costearse la carrera, se irá de vacaciones o empezará su próximo libro?
—Empezar un nuevo libro es una causa perdida, siempre tengo un nuevo libro, siempre estoy escribiendo algo. Puedo hacerlo igual a la salida del trabajo que tomando el sol en la playa o en el pico de una montaña. Este verano dejaré que la vida me sorprenda.

—Teniendo en cuenta su edad, ¿cree que aquello de "la experiencia es un grado" es un tópico o hay mucho de cierto? Geraldine Chaplin, por ejemplo, siempre afirma que uno es rotundamente más sabio cuando es joven que cuando es viejo.
—Una de las cosas más importantes de la vida es aprender a envejecer con elegancia. Creo en el paso del tiempo como algo provechoso. La importancia de asumirnos a nosotros mismos. Aunque sí, cuando se es joven se tienen todos esos valores tan preciados: la ilusión, la inocencia, la sorpresa. Todo lo que nos mantiene vivos y eso es lo que yo considero sabiduría. No hay que perderlo jamás, ese es uno de mis grandes proyectos de vida.

—¿En quién piensa cuando escribe? O en otras palabras: ¿tiene un lector ideal?
—Un lector cómplice que diría Cortázar. Un lector que se involucre en el texto, que sienta por sí mismo, que busque, que indague. Porque un texto nunca es sólo la superficie, siempre hay mucho más. El lector ideal, para mí, será aquel capaz de sentir, es lo esencial.

—¿Próximos proyectos?
—Siempre hay próximos proyectos, porque cuando se es algo no se puede luchar contra ello. Así que sí, siempre los hay. Ahora mismo estoy trabajando en lo que será mi primera novela, que viene después de muchos bocetos de otras. Y, como decía, no perder todo aquello que nos mantiene vivos.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Iolanda Batallé: «Las mujeres me dicen: has escrito la novela que todas queremos leer»

Último Premio Prudenci Bertrana, uno de los más prestigiosos en lengua catalana. Varias semanas en las listas de más vendidos en catalán. Podríamos llamar a Iolanda Batallé "fenómeno" si no resultara obvio que lo es. Aunque no de las ventas, sino de la vida. Editora y escritora, Batallé contagia un extraño entusiasmo por todo lo que toca. Y tiene ese olfato raro de los gatos viejos del sector editorial. Si alguien la acusa de oportunismo en la elección del tema de Haré todo lo que tú quieras, estará en un error: sus lectores sabemos que este nuevo libro suyo contiene lo mejor de los anteriores, un "estilo Batallé" que se caracteriza por contar con profundidad cosas en apariencia banales, y por hacerlo con la convicción de quien tiene mucho por decir. En esta entrevista, la escritora nos revela algunas claves que nos permtirán leerla de otra forma: qué es para ella el éxito, con qué ingredientes cocina sus libros o  qué se trae entre manos.



Haré todo lo que tú quieras comienza en un avión con un encuentro muy estimulante (y muy tórrido). ¿Es consciente de que después de leerla no hay ninguna mujer que suba a un avión como lo hacía antes?
Sí, lo sé. ¡Ni ningún hombre! Me encanta. Es maravilloso. De hecho me llegan muchos mensajes de personas que quieren volver de Londres en British Airways. Las mujeres me dicen: has escrito la novela que todas queremos leer. Y yo feliz. Escribir, como bien sabe usted, es muy solitario, y ver que tantos lectores están conectando con esta historia me parece maravilloso y un regalo precioso después de años de trabajo.

La novela, además de contar una relación sentimental marcada por el erotismo, hay también mucha reflexión sobre la vida, sobre el sentido de la existencia y también sobre las consecuencias de la muerte. ¿Al fin y al cabo erotismo y muerte están cerca, como siempre nos ha dicho el tópico?
La vida y la muerte están muy cerca. En Haré todo lo que tú quieras de lo que hablo entre líneas es de una bajada al infierno vestida de Belle de jour. Lo que hace Nora es conseguir vencer su propio miedo. El corazón de la novela es cómo uno se enfrenta y acepta sus más oscuras necesidades. Y esto es un tema tan antiguo como los viajes de Hércules: las pruebas personales que le llevan a uno a entenderse y a saber quién es (si esto es posible). Veo esta novela como un ritual. El ritual que inicia Nora para descubrir quién es ella. Y como siempre no hay ninguna meta, allí donde al principio había puertas cerradas ahora las abre. Lo que me interesa es que el ritual de Nora lleve a cada lector a abrir sus propias puertas. Y aquí entendemos este erotismo como vía de conexión con las fuerzas primitivas, liberadoras. Y el atreverse a entrar en terrenos ocultos. ¿La muerte?

Hay en la novela referencias reconocibles a sus libros anteriores. ¿Escribe pensando en un lector fiel?
Este fin de semana he descubierto un autor: Manuel Baixauli y una novela: La quinta planta. En ésta un personaje dice: todas mis obras son fragmentos de un único libro que se acabará cuando yo me acabe. Pues ésta es mi respuesta a su pregunta. Yo lo vivo así. ¿Pienso en un lector fiel? Pienso en el lector, en que ella o él pueda descubrir, que sienta no tanto que yo le muestro sino que él descubre y si encima relaciona libros todavía mejor. Casi le diría que no lo hago a propósito, me ocurre.

Si su personaje femenino, Nora, fuera una amiga enamorada de un desconocido a quien ha conocido en un avión, pero al mismo tiempo casada con un hombre al que quiere... Y le pidiera consejo acerca de lo que debe hacer. ¿Qué le aconsejaría?
Detesto aconsejar. Creo en la vida y en que cada cual la viva. La historia de Nora no se puede entender sin conocer bien su infancia y todo lo que ocurre desde que nace, por esto es tan importante su infancia en la novela. No se puede entender el presente sin conocer el pasado (e incluso así). Y normalmente cuando aconsejamos nos faltan datos, por ello casi siempre aconsejamos y nos aconsejan mal aunque sea con buenos propósitos. ¿Qué le aconsejaría? Que se escuche a ella misma y que el corazón es un cazador solitario.

Es su tercera novela y llega precedida por un gran éxito: premi Prudenci Bertrana, miles de lectores, varias semanas en las listas de libros más vendidos en catalán, críticas entusiastas... ¿Cómo se hace la digestión de un éxito cómo este? ¿Le afectará de algún modo todo esto a la hora de empezar a escribir de nuevo?
La digestión se hace con mucho trabajo, feliz, lentamente y a la vez sabiendo que todo cambia. Que el éxito y el fracaso son extremos de una misma cosa y que uno es uno siempre. Esto que usted llama éxito me llega a los 42 años cuando llevo 30 escribiendo y todavía más leyendo. Imagino que si esto me hubiera ocurrido con 20 habría sido otra cosa. Ahora mismo lo disfruto con una sonrisa en los ojos. Feliz por encima de todo porque Haré todo lo que tú quieras y como consecuencia mis dos libros anteriores (La memoria de las hormigas y El límite exacto de nuestros cuerpos) están llegando a muchos más lectores que antes y esto es para mí igual a felicidad. Empecé a escribir mi nuevo mundo / universo / libro en enero del 2013, antes del premio, de los miles de lectores y de las ventas. Y allí sigo. Aunque si le soy sincera estos últimos meses poco tiempo tengo para dedicarle, pero voy tomando notas, apuntes mentales y físicos. Y como lo de escribir va con la bestia (y la bestia soy yo) también le confesaré que la escritora ataca de nuevo porque lo necesita. Necesito escribir. Esto es así.

Usted es directora editorial de La Galera. ¿Cree que es beneficioso que al frente de un equipo editorial se encuentre un creador? Y lo contrario: ¿Es bueno o es perjudicial para su trabajo creativo conocer las intimidades del mundo editorial?
Una buena doble pregunta. Con muchas respuestas. Mi respuesta a la primera pregunta es sí. Haciendo un símil futbolístico (que a mí esto del fútbol me gusta): sería el formato Guardiola (modestia aparte). Alguien que ha hecho de todo en el mundo editorial (llevo quince años en el oficio) y a la vez que escribe como le decía desde niña, por lo tanto cuando edito un texto sé quién es el que lo ha escrito, sé por lo que pasa... Y cuando dirijo a los editores y también al equipo de prensa, marqueting… también sé por lo que pasan porque yo también he hecho eso. Con lo cual uno sabe hasta donde puede exigir y por qué e intenta aportar aquello que cuando yo hacía estos trabajos me hubiera gustado que me hubieran aportado… Le he dicho que tenía muchas respuestas porque obviamente las respuestas son tan múltiples como todo el equipo que dirijo y todos los autores, ilustradores y demás compañeros con los que trabajo. A mí me encanta el trabajo al frente de la Galera y por encima de todo intento compartir la motivación que yo llevo encima y el creer en el proyecto. Lo que estamos haciendo en la Galera desde hace cinco años es único y lo sabemos. Una editorial además con más de cincuenta años de historia. La segunda pregunta. También difícil de contestar. Sería perjudicial si yo no fuera capaz de separar, pero créame que cuando escribo, cuando creo, separo mucho. De hecho incluso dentro del trabajo de escritora hay en mí dos personas muy claras: la que escribe de saque, crea, se abandona, vive dentro de la historia… y después la que relee, edita, marca y hace infinitas versiones desde fuera. Estas dos personas ya son muy distintas dentro de la escritora Iolanda Batallé, pues imagine: todavía lo son más entre la escritora Iolanda y la editora Batallé. Does it make sense?

Entrevista de Care Santos