martes, 19 de junio de 2012

Juan Soto Ivars: “La vida del inédito es muy difícil”

Entrevista de María Dolores García Pastor

Juan Soto Ivars (Águilas, 1985) forma parte de una generación de jóvenes escritores que están dando mucho que hablar. A finales de 2011 su nombre empezó a hacerse muy popular en los círculos literarios por dos motivos: el polémico prólogo de la antología de relatos Mi madre es un pez, manifiesto del movimiento literario Nuevo Drama, y la publicación de su novela La conjetura Perelmán. En abril de este año vio la luz su opera prima, Siberia, un libro extraño que atrapa al lector y que esá escrito con tanta madurez que cuesta creer que sea obra de un escritor tan joven. Soto dice que el Nuevo Drama defiende la emoción y la vivencia y eso queda plasmado, sobre todo, en su primera novela. Y en cuanto a etiquetarlo como escritor o como alguien que escribe, hay pocas dudas, Siberia responde a esa pregunta y a muchas más.
Hace unos meses decía que no pretendía conseguir notoriedad con este libro ni tampoco ganar dinero, que se iba a dar el gusto de regalarlo a sus amigos. Para él era suficiente verlo editado, aunque hubiera sido un poco por el efecto dominó de la publicación de La conjetura Perelmán. Pero por esas cosas de la vida y del mundillo editorial, Siberia le está dando muchas alegrías, entre ellas la de hacerle merecedor del VI Premio Tormenta al Mejor Autor Revelación. Esperamos que sólo sea el principio.

–Estoy convencida de que, a partir de ahora, para sus lectores Siberia dejará de ser un lugar para convertirse en algo más pero, ¿qué es exactamente? ¿Un estado de ánimo? ¿La historia de un exilio autoimpuesto? ¿La crónica de una depresión?

Siberia era sinónimo de destierro en la Unión Soviética. Resulta que la cárcel puede ser un lugar sin muros, una extensión demasiado amplia como para pensar en escapar, una anulación del deseo de huida. Las encerronas en la vida son así, desde una depresión misteriosa al sentimiento de culpa más concreto y justificado significan un encierro en el todo, una reclusión en el espacio infinito que es la capacidad de elegir cuando la iniciativa y el empuje faltan. Quien se siente encerrado en Madrid con toda la vida por delante y en pleno siglo XXI está en una Siberia invisible. Puede echar a caminar hacia la salvación pero algo se lo impide. Esta es la Siberia que quise cristalizar.

–En el prólogo, Alejandro García Ingrisano nos dice que se trata de una novela autobiográfica. Conociendo este dato se diría que Siberia surgió en un momento complicado de su vida.

Y tanto. En un momento en que nadie me había dicho que lo que escribía estaba bien. Mira, ahora me dicen que la novela ha recibido un premio y apenas me lo puedo creer. Hace unos meses tampoco podía creerme que la novela saliera publicada. La vida del inédito es muy difícil: todos necesitamos algo de reconocimiento. Siberia tiene una parte de esto, el personaje protagonista no sabe si lo que escribe es bueno y ahí arranca una de las frustraciones del libro. La otra es el amor. Cuando escribí Siberia yo era un inédito y me iba francamente mal en el amor. Ahora veo que mi ambición fue convertir todo aquel dolor en belleza, ahora puedo decir: esto es lo que hay.

–Su Siberia la conforman la historia de Jonás, ese otro libro dentro del libro llamado "Frío siberiano" y esa especie de manual sobre la escritura. En cuanto a las ocho diferencias entre el escritor y el que escribe que se enuncian a lo largo del libro ¿son tantas y tan profundas?

En Siberia hay tres narradores. El primer narrador mira a Jonás desde la tercera persona, habla de él desde fuera. Ese narrador, que al final de la novela recibe su identidad al resolverse el misterio del punto de vista, traza las ocho diferencias. Son ocho diferencias que pesan sobre Jonás y que pesaban sobre mí cuando escribí el libro. Supongo que un lector que se encuentre en esa fase de inedición y de duda, de falta total de reconocimiento, podría entender que las ocho diferencias entre el escritor y el fracasado son reales.


–¿Dentro de qué grupo estaría Juan Soto Ivars, entre los escritores o entre los que escriben?

Cuando me das un premio soy el escritor, pero cuando me pongo con la novela siguiente vuelvo a ser el que escribe. Todo depende de cómo salga cada libro. Uno no está a salvo sólo por haber salvado las naves una y otra vez. Hay que volver a salvarlas siempre o dejarlo a tiempo.

–En cuanto a ese juego con la voz narrativa, ¿obedece a una manera del personaje o del propio autor de alejarse y reencontrarse consigo mismo? ¿Cuál es su objetivo?

Los narradores en Siberia son el principal misterio, la adivinanza que dejo al lector. Como herramienta, ese acercamiento de tercera persona, segunda y primera sirve para crear un efecto de zoom, para empezar viendo a Jonás desde el aire y acabar inyectado en su cabeza. Pero averiguar quién es ese narrador en cada parte es el juego, la gracia del chiste. Mejor dejar la incógnita por si alguien quiere hacer el crucigrama entero.

–¿Qué ocurrió entre la génesis de Siberia y la de La conjetura de Perelmán que los hace ser libros tan diferentes?

Mi amiga Desirée me dijo que había algo en común entre las dos novelas. Yo no me había dado cuenta, pero tiene toda la razón. En ambos libros el personaje central se enfrenta a un silencio abisal de otro personaje y trata de llevar adelante su vida con esa falta de respuesta. Ambos protagonistas conviven con el silencio y tratan de reaccionar. Pero la parafernalia de Perelmán con su violencia y su trama pulp es contradictoria a la intimidad dolorida de Siberia. La explicación es que escribiendo Perelmán disfruté y con Siberia sufrí como un cerdo.

–Siberia, Perelmán, ¿a qué se debe su predilección por Rusia? ¿Tiene que ver con su experiencia personal, sus lecturas?

Con Rusia tengo algo casi espiritual. Mis lecturas rusas son bastante exigentes y copiosas, supongo que es, después de España, el país del que he bebido más literatura y de forma más continuada. El experimento soviético me fascina, y también las extensiones de terreno yermas, las llanuras. Me pasa con Rusia lo que le pasaba a Washington Irving con Granada. Hay extrañas afinidades espirituales con geografías que no tienen nada que ver con la patria de uno. Hay patrias totalmente caprichosas. Uno ama fácilmente lo que han sufrido otros.

–En La conjetura de Perelmán se advierte una forma de contar y un ritmo muy cinematográficos. ¿Qué importancia tiene el cine en su escritura?

Para La conjetura de Perelmán, una importancia capital. Escribí esa novela después de Siberia, que está hecha de lecturas. La escribí viendo cine de Peckinpah, tragándome películas de acción una detrás de otra. Pensé en la estructura del libro como si fuera una película y traté de rodearme sólo de libros cinematográficos. Leí obras de teatro y guiones. Si hubiera podido elegir, La conjetura... hubiera sido una película. Y no una de las que se disfrutan espiritualmente, sino un producto de entretenimiento con pirotecnia y Bruce Willis.


–¿Dónde encajan cada una de sus novelas dentro del Nuevo Drama?

El Nuevo Drama tiene una premisa clara: para escribir hay que vivir sucio, hay que vivir fuerte. A la literatura que me interesa no le sirve que el escritor sea muy culto y tenga agilidad para experimentar con las formas. El Nuevo Drama defiende la historia, la emoción, el estilo y la vivencia. No pierde de vista al lector. Perelman tiene en cuenta al lector y Siberia tiene en cuenta la vivencia. Pero lo mejor del Nuevo Drama es su falta de estructura normativa. Manuel Astur va a publicar un poemario y será el siguiente en decir lo que le parece el Nuevo Drama. Hasta qué punto estaremos de acuerdo es algo que respecta solamente a la forma de vivir de cada uno.

–¿Qué será lo próximo con lo que nos sorprenderá?

Ahora mismo estoy con tres proyectos. Una novela sobre los crímenes del futuro que tengo en fase de corrección y que no sé si tiene que ver con las anteriores; un libro de crowfounding con el que quiero experimentar las posibilidades de Internet y de los cauces de creación colectiva; por último, una novela infantil, un libro divertido para niños con el que amortizar un poco el grave síndrome de Peter Pan que tenemos los oriundos de los años 80. Dios dirá, compañera. Ya te digo que vuelvo a ser el que escribe. Pienso que cada palabra impresa podría ser la última y no tengo ni idea de lo que será de mí. Pero agradezco en el alma que hayáis leído Siberia y le deis este reconocimiento. Ayuda a pisar el suelo, que es la verdadera forma de alzar el vuelo.

jueves, 15 de marzo de 2012

Alberto Montaner: ”El Poema del Cid tiene aún mucho que decirnos"

Después de tantos años "conviviendo" con la historia y el mito cidianos, me imagino que tendrás una visión muy personal del Cid histórico. ¿Cuál es?
—La verdad es que sí; después de todo este tiempo, es casi como un amigo de casa. La verdad es que al Cid histórico llegué más tarde; al principio me ocupé del personaje literario y su modelo histórico me interesó sólo en cuanto servía de base a aquel. Pero a fuerza de ir profundizando en diversos aspectos, como los documentos de la época o los textos más antiguos sobre el Campeador (la biografía y el himno latinos del siglo XII), empecé a acercarme más a la figura histórica, y descubrí un campo apasionante. Fue un personaje complejo, al que cuesta comprender desde nuestro sistema de valores. Por ejemplo, el concepto de mercenario con el que a veces se lo descalifica es absolutamente ajeno a la mentalidad medieval. Lo mismo vale para su supuesto "imperialismo castellano". En el mejor de los casos, se lo toma como un sano muchachote del norte que salió adelante a fuerza de golpes. Pero no es así. No solamente sabía escribir, en latín claro, pues no se escribía de otro modo en su época; también era un experto jurista y en el campo de batalla salió delante más a base de guerra psicológica que de fuerza bruta. Además, su gobierno de Valencia revela que tenía o al menos que llegó a desarrollar lo que hoy llamaríamos un verdadero proyecto político. Desde luego, todo eso se podrá enjuiciar histórica o moralmente de un modo u otro, pero al menos revela un personaje mucho más sutil y matizado de lo que tanto su exaltación tradicional como su ocasional denigración hacen creer.

El Cid pasó la mayor parte de su vida lejos de Castilla; sus relaciones con Alfonso VI fueron turbulentas, se enfrentó a otros condes castellanos, sirvió a reyes musulmanes, encontró su fortuna en Zaragoza y Valencia, y tengo la convicción de que nunca tuvo interés en regresar a tierras burgalesas, y sin embargo es el héroe castellano por excelencia, ¿paradojas del Destino?
—No deja de ser irónico, en efecto, que un personaje que realmente llega al culmen de su trayectoria no sólo fuera, sino en cierto modo al margen de Castilla sea, como bien dices, el héroe castellano por antonomasia. En realidad no sabemos hasta qué punto se desvinculó de su Vivar y Burgos natales. Alguna conexión debió de pervivir cuando doña Jimena hace enterrar los restos de su marido en Cardeña, tras la evacuación de Valencia en 1102. Por una carta de venta a dos canónigos de la catedral burgalesa, fechada en 1113 precisamente en Cardeña, sabemos que la viuda del Cid seguía en esa zona años más tarde, en lugar de regresar a su Asturias de origen o de reunirse con su hija Cristina en Monzón, gobernada su yerno. De modo que algo debía de quedar, además de las propiedades. Pero sin duda el sueño del Cid era convertir Valencia en un principado, si no exactamente independiente, cuando menos autónomo, bajo la tutela de Alfonso VI.

Leyendo el Cantar uno tiene la sensación de que territorialmente su origen no está en Castilla sino en el triángulo entre Medinaceli, Calatayud y Cella, territorios mayoritariamente aragoneses y fronterizos a finales del XII y principios del XIII. ¿Es correcto?
—Seguramente no es un texto castellano viejo, pero tampoco hay razones para vincularlo especialmente a Aragón. Desde luego, lingüísticamente no es aragonés. Ni siquiera se recuerda su alianza con el rey Pedro I. Pero sí es cierto que es un texto de frontera. Para la época en que se compuso, esta la marcaba la línea del Tajo, desde Cuenca hacia el sudoeste, pasando por Toledo. Dado el papel que desempeña en el poema esta última ciudad, ajena por completo al Cid histórico, lo más factible es que el Cantar se compusiese en lo que entonces se llamaba el "Regnum Toletanum". A lo mismo apunta el papel, de nuevo ajeno a la historia, que desempeña Álvar Fáñez, que fue gobernador de Cuenca, de Toledo o, como se recuerda (sin ninguna necesidad) en el propio poema, de la localidad alcarreña de Zorita de los Canes. En fin, la importancia que tienen en el texto disposiciones y actitudes que proceden de los fueros de extremadura de la familia Teruel-Cuenca, o que al menos enlazan con ellos, es también un argumento importante a favor de esta hipótesis.

El Cantar encierra numerosos enigmas extra-literarios, como la identidad de su autor o autores, que ha dado lugar a múltiples interpretaciones. Últimamente Dolores Oliver ha insinuado la autoría árabe del Cantar. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
—Se trata de una opción carente de fundamento. Quien quiera ver una justificación detallada puede leer la reseña que hemos publicado el investigador del CSIC Luis Molina y yo mismo en la revista "Al-Qantara". Baste decir que el texto no puede ser coetáneo del Cid histórico, dada la cantidad de datos que lo llevan a una fecha en torno a 1200, y que carece de cualquier rasgo lingüístico y estilístico que justifique la idea de un original árabe.

Todos los años salen al mercado varias ediciones del Cantar, algunas pésimas. ¿Cuánto hay de "arqueología" literaria en esto? El Cantar, ¿da tanto de sí?
—El Cantar da mucho de sí, pero no, desde luego, para que salga una edición nueva al año, sobre todo cuando hay ya en el mercado algunas excelentes. Pero como es un clásico que aún no se ha caído de los planes de estudio, se intenta sacar el correspondiente beneficio. Es una pena, porque a veces al lector se le da un producto, como bien dices, de pésima calidad, con el reclamo de un mejor precio. Pero en esto como en todo hay que saber buscar el equilibrio entre calidad y coste. Ahora bien, el poema como tal tiene aún mucho que decirnos. Y eso tanto en el plano de la investigación histórica y literaria como en el de la experiencia personal. Y ahí está el Camino del Cid para demostrarlo.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Jesús Marchamalo: «Las bibliotecas ordenadas son la excepción»

Texto y fotos de Care Santos

Cuando le pregunto a Jesús Marchamalo si encontró reticencias en alguno de los veinte autores cuyas bibliotecas inspeccionó para escribir Donde se guardan los libros, es tajante: «No más de la que estás encontrando tú». Cuando, apenas un par de días antes, hablé con él para fijar la hora de la visita y la entrevista, repuso, risueño: «Tengo dos bibliotecas, pero prometo no ordenar ninguna de las dos».

Comenzamos por la de su casa. En el salón, todo tiene un aire libresco, incluso lo que en apariencia no guarda relación con los libros. Los cuadros de las paredes son originales de viejas cubiertas —incluso de novelas rosa— y hay retratos de escritores acechando en todas partes. Kafka y Pessoa, omnipresentes.

También hay colecciones: de cajitas de hojalata, de sombreros, de gorras militares, de soldaditos de plomo. Le pregunto cómo se las apañan para vivir cuatro personas (sus dos hijos tienen 17 y 9 años), tantos libros y todos esos objetos en una casa de poco más de cien metros cuadrados y Jesús Marchamalo afirma, con aplastante naturalidad:  «Siendo tranquilos con las convivencias».
En un amplio rincón, con vistas a la exuberante vegetación de un patio vecinal del barrio madrileño de Salamanca, apostado frente a unos anaqueles azules que algo tienen de infancia perdida o de hora de estudio de marino retirado, un ordenador portátil, algunos diccionarios —«¡me encantan los diccionarios!», se entusiasma— ciertas necesidades inexplicables del alma, de esas que todos tenemos: dos retratos de Robert Walser, por ejemplo, con paraguas y abrigo, paseando, como él quiere verle, o dos pedazos del empedrado de Lisboa, tan idénticos y singulares que parecen hechos a medida,. También está ahí, muy a mano, el retrato que el año pasado le hizo Pablo Gallo y que le gusta, confiesa «porque en él tengo más pelo y menos años». Siempre hay un hueco para la coquetería.

Ésta es una biblioteca de adulto. Sus libros de niño —Enid Blyton, las colecciones Libro Amigo Historias Selección, ambas de Bruguera— quedaron olvidadas en casa de su madre. Lo más antiguo que hay aquí, me explica, es un ejemplar de Cien años de soledad que recuerda haber leído a los 19 años. ¿Dónde está? «En la G», asegura él, aunque pronto compruebo que el orden alfabético de Jesús Marchamalo es un poco excéntrico: Aub ocupa el extremo superior izquierdo de la librería, seguido más o menos de los esperables. Tras la G irrumpe, sin embargo, Mendoza, de quien me enseña una primera edición, con un aire bastante kitsh, de El misterio de la cripta embrujada. También hay más de lo que se ve, porque tras las hileras se agazapan otros volúmenes, aunque dispuestos en perpendicular, con la contracubierta contra la pared. Qué cosas. Más allá, libros de Editorial Planeta de los años 90, ordenados por editorial porque «quedan muy bonitos todos juntos» dice. También los de Siruela siguen este criterio, y los de Anagrama —Vila-Matas, Martínez de Pisón, Marías (antes de su emigración a Alfaguara, claro. La verdad es que ahora no sé qué hace con él) Kennedy Toole...— y muy cerca, algunos soldados de plomo, un fúnebre coche negro de juguete y un ejemplar de cada uno de propios libros, aquellos que, además de tener, ha escrito.

En las alturas, poco accesibles, algunas biografías de los escritores, como si de sus vidas fuera mejor despreocuparse. Bajo la mesa, junto al sillón de leer, los de lingüística. En un anaquel a trasmano, algunos clásicos de Editorial Gredos, en tapa dura y con su envoltorio de plástico sin abrir —Cuentos de Wilde, El especialista, de Diderot...—: «un regalo», cuenta. Y en el suelo, perfectamente alineados y apoyados contra la pared, los que esperan una lectura inmediata. «Todo esto es para entorpecer la tarea de los inspectores», bromea, mientras va de un lado a otro del mapa libresco, mostrándome más de lo que puedo anotar o asimilar. Parece feliz. Los libros son criaturas de las que se puede presumir. sin que nos den discgustos. Aunque a veces también tienen sus rarezas. Le pregunto por qué Ébano, de Kapuscinsky está en mitad del pasillo junto a algunas viejas cintas de VHS, se encoge de hombros y responde: «Hay ciertos libros que, no sabes por qué, acaban en algún lugar y luego no hay modo de moverlos de allí».

Jesús Marchamalo insiste en que la suya es una biblioteca «de lector «No tengo libros caros, ni estoy dispuesto a gastarme fortunas en un libro»:». Sin embargo, a medida que la conversación avanza, reconoce que tiene libros «de leer» junto a libros «de tener». Estos últimos están distinguidos de los demás por un delicado forro protector de papel traslúcido. ¿Para conservarlos? No. «Para distinguirlos. Mis hijos saben que los libros con forro de papel son los que deben conservar cuando me muera porque valen algo».
Así, poco a poco, van aflorando maravillas: una traducición de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí firmada por el mismísimo Tagore; una primera edición de Neruda con la dedicatoria —en tinta verde— del autor chileno; un ejemplar de Olivo del camino firmado por Antonio Machado sólo com el apellido discretamente rubricado; otro ejemplar firmado por Onetti; las tres primeras ediciones de Cántico, de Jorge Guillén, la primera de ellas dedicada; la primera edición de Paradiso, de Lezama Lima; otra primera de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo... y así podríamos continuar.  Y tras cada libro, su historia: «La primera de Cántico se la pedí a Abelardo Linares como anticipo por Las bibliotecas perdidas. Y la segunda, en concepto de derechos. Le dije: 'Ahora no podemos cometer la ordinariez de que me pagues, ¿no crees?». La firma de Machado, en cambio, fue en pago del pregón inaugural del Salón del Libro  Antiguo de 2009. Alguien le dijo lo que sueña todo coleccionista de libros —se le iluminan los ojos al recordarlo—: «Llévate lo que quieras».
También hay libros jóvenes con su propia anécdota, como El Club Dumas, de Pérez Reverte, en primera edición de Alfaguara de 1994:  «Cuando le pedí a Pérez Reverte que me lo dedicara, me lo quiso comprar, porque esta edición ahora vale una pasta. Por supuesto, no se lo vendí».
Algo parecido ocurre cuando, ya en su despacho —la segunda biblioteca, diría que más poblada que la primera y también más caótica, más por hacer— me enseña el anaquel donde conserva los libros dedicados. «Sólo dos veces en mi vida he ejercido de fan de un escritor. Con Kapuscinsky, a quien le mandé un ejemplar para que me lo dedicara, y lo hizo. Y con Amin Maalouf, a quien perseguí por la calle. Le asusté, claro, debió de pensar que era un loco».

Como buen ser obsesionado (lo dijo Luis Mateo Díez, yo sólo le parafraseo) Marchamalo tiene sus excentricidades. No hay límite a la entrada de libros en su biblioteca, pero los nuevos tienen que aguardar su turno apilados junto a las paredes, hasta que ocupan su lugar, como si el orden fuera un derecho que sólo se adquiere con el tiempo. Subraya, pero poco y a lápiz, y sólo los libros de trabajo. Los marca todos con su propio exlibris, que es diferente cada año y que cada doce meses encarga a un artista distinto. Estos días anda ya está pensando a quién le encargará el próximo, con el que habrá de marcar las adquisiciones del 2012.
También hay cuarto de atrás. En el de su despacho duermen las docenas de biografías de autores que utilizó para sus 44 escritores de la literatura universal (Siruela, 2009). «En todas las bibliotecas, por ordenadas que estén, hay un rincón para el desorden: una pila, una pirámide, un montón de libros», explica, y no parece una justificación.Visto así, sus pilas en la rebotica no son nada.
Le pregunto, de todos los autores que ha entrevistado, cuál es el más desordenado. Elegante, preferiría no contestar. «Las bibliotecas ordenadas son la excepción», observa, amablemente esquivo. Pruebo a cambiar la formulación de la pregunta, a ver si no se da cuenta. ¿Y el más ordenado? No duda: «Vargas Llosa», pero enseguida añade: «Aunque no tiene mérito, porque tiene quien le ordena los libros». ¿Y alguien que necesite urgentemente a los bibliotecarios de Vargas Llosa?». Ríe antes de decir: «Yo, sin duda». He aquí un caballero con libros.

lunes, 31 de octubre de 2011

Salvador Gutiérrez Solís: "La Literatura española rebosa mediocridad y medievalismo"


¿Por qué hemos tenido que esperar tanto para leer un nuevo libro de cuentos suyo?
—Casi ocho años… Debería tener una respuesta preparada para esta pregunta y no la tengo. Supongo que se debe a la relación tan particular que mantengo con el relato. Salvo en alguna extraña excepción, nunca me planteo escribir un relato premeditadamente. Por explicarlo de alguna manera, los relatos son los campos de entrenamiento de mis novelas y de los personajes que las habitan. Antes de comenzar a escribir una novela, necesito contar con las suficientes garantías de que las tramas y los personajes van a resistir el tránsito. Esto no quiere decir que Escritores se trate de un ejercicio de reciclaje literario. De hecho, esa excepcionalidad que antes señalaba la representa Escritores a la perfección, algunos de los relatos nacieron y morirán siendo relatos, no son embriones.

¿Cuánto tiene de Malaleche Gutiérrez Solís y a la inversa?
—Yo, nada; y a la inversa, espero que también nada. Creo que soy más “puñetero” que “malaleche”. De momento, controlo la esquizofrenia y no me dejo abducir por los personajes.

¿Es tan admirador de Marsé como del Real Madrid?
—Ahora que nadie nos escucha. Soy más admirador del Real Madrid que de Marsé. Y con esto no quiere decir que no sea admirador de Marsé, que lo soy. Imagínese lo madridista que soy. Si uno se detiene un instante a pensarlo, hay muchas coincidencias entre Marsé y el Real Madrid. Ambos son directos, no merodean; son eléctricos; llevan muchos años brillando, a pesar de sus activísimos detractores; son contundentes, potentes, lo han ganado todo…

¿Se está perdiendo el humor en la literatura española?
—Es muy recurrente eso de afirmar que se está perdiendo tal y cual cosa… y muy especialmente cuando hablamos de Literatura española y humor. Puede que nunca haya tenido sentido del humor. Hablamos de una Literatura en la que hasta no hace tanto no se ha admitido el género, por ejemplo, da igual el género. Y si se trata de humor, en fin, los adjetivos nunca han sido agradables. Cuando la diferencia es muy simple: mala y buena Literatura, sin importar el asunto y el tono. Cualquier asunto se puede literaturizar, de la misma manera que cualquier asunto, por elevado que pretenda ser, es susceptible de transformarse en un tostón infumable. En España hemos aceptado demasiados tostones infumables porque nos han hecho creer que contaban con todos los elementos para ser considerados Alta Literatura, y no. La Literatura, la Cultura en general, no tienen que ser aburridas por definición. Pueden ser muy divertidas. Pero, claro, eso es más complicado.

¿La Literatura maldita de nuestro tiempo es una impostura?
—¿Qué es Literatura maldita? ¿Qué es impostura a estas alturas? Ni el 15M es ya una impostura. Puede que reivindicar el amor, la honestidad o la sinceridad sea hoy una impostura. La impostura, en Literatura, me temo que es tratar de escribir correcta y evolutivamente, tener un compromiso con las palabras y el lenguaje, querer avanzar, explorar nuevos territorios, aspirar a redefinir las fórmulas. Eso es impostura literaria. Desgraciadamente, la Literatura española rebosa mediocridad y medievalismo, así como una soporífera ambición por —mal— escribir la misma novela un millón de veces.

¿Para cuándo un libro sobre futbolistas y toreros?
—Regreso a la pregunta sobre el humor. Los españoles, desde un punto creativo, somos muy pudorosos o, como se suele decir, tenemos muchos “reparos”. Especialmente en Cine, en Literatura, incluso musicalmente. Si hubiéramos contado con un cineasta del talento de John Ford no habría podido convertir la época de los bandoleros, por ejemplo, en un género de dimensiones colosales, tal y como hizo con el western. Imposible, no se lo habríamos permitido. Da igual que uno sea aficionado o no, no creo que haya un universo tan plástico, tan trágico, tan rocambolesco, como el taurino. Y qué decir del mundo del fútbol. Hoy los futbolistas son los más parecidos a las estrellas de antaño, sin olvidarnos que estas estrellas no representan ni el 1%. Existe un 99% de fracaso y de historias increíbles. Mou, Ballesteros (Levante) o José Tomás pueden ser maravillosos personajes de novela. Me comprometo: habrá novelas sobre ambos mundos.

viernes, 21 de octubre de 2011

José Manuel de la Huerga: "La pasión mueve el mundo"

José Manuel de la Huerga (Audanzas del Valle, 1967) debutó como narrador en 1992 con su cuento Conjúrote, triste Plutón, con el que obtuvo el Premio Letras Jóvenes de Castilla y León. Desde entonces, sin prisas ni pausas, ha desarrollado una carrera como novelista y cuentista que se consolida con la publicación de Apuntes de medicina interna. En esta entrevista, exclusiva para La Tormenta en un Vaso, el autor nos habla de los paisajes de su novela, su relación con los lectores y sus referencias literarias.

Usted es natural de León y lleva muchos años afincado en Valladolid. Sin embargo, en su novela es muy importante el mar y el paisaje cantábrico (los valles, las montañas, la costa). Da la sensación de que esta ambientación no se debe sólo a simples razones literarias, sino que usted tiene un vínculo muy estrecho con ese paisaje, ¿es así o se trata de una apreciación equivocada?
Para un castellano de El Páramo leonés Cantabria es la ventana abierta al mar. Santander, Laredo, San Vicente de la Barquera… tienen resonancia de verano en los oídos de la gente de tierra adentro. Ahí está desde hace décadas el llamado “tren playero” que sale cada verano desde Valladolid a las siete de la mañana, recorre la provincia de Palencia y “desemboca” en Santander. Los castellanos de los primeros años de la democracia llegaban por riadas, los fines de semana especialmente, para disfrutar de un paisaje cautivador: frente a ellos un mar infinito, a veces caliginoso, y a sus espaldas “praos” verdes y montañas escarpadas. Además, soy de esos niños de los setenta que estudiábamos la geografía de Castilla la Vieja con Santander como salida natural al mar. Ese paisaje diría que casi precede a mi memoria, y es más que un mero decorado. Cantabria es una manera de estar en el mundo que atraviesa el alma de los personajes de Apuntes… Algún crítico ya me ha señalado que el protagonista de la novela, Abel, regresa a la montaña del abuelo, al valle cerrado de ”Labeña” (Liébana) como a un útero, desanda un camino para recomponer un pasado brumoso que necesita entender. La novela tiene una ruta literaria oculta, con nombres voluntariamente escondidos como un juego para el lector: los conocedores de esta hermosa tierra sabrán enseguida qué lugares concretos se esconden tras los inexistentes El Castril, Vega de Labeña, Tebres, Cayo, Virago, Castro Negrovejo, Domaleño, Gescaña…

Su novela tiene un aire muy tradicional, clásico, tanto en su arquitectura como en el uso del lenguaje, la caracterización de los personajes, las ideas de fondo que desarrolla, etc. Da la sensación de que es una novela que a Miguel Delibes le hubiera gustado mucho leer. ¿Cuáles son sus referentes literarios? ¿Se siente partícipe de alguna corriente literaria actual?
—Ojalá Delibes la hubiera podido tener entre sus manos… Sin duda El camino es uno de los textos de referencia en mi doble faceta de escritor y profesor de literatura. Y en mis Apuntes de medicina interna hay mucho de la historia de ese Daniel, el Mochuelo que debe irse a la ciudad a “prosperar” y no quiere abandonar su pueblo, resumen perfecto del paraíso para un niño. En Apuntes… Abel es un joven “veraneante” de Valladolid que regresa a El Castril por amor a la chica del bar y termina investigando el pasado demasiado aséptico de su abuelo, el médico de la montaña. El protagonista nace en el seno de una familia acomodada y tradicional, pero tres mujeres que merodean los márgenes del núcleo familiar (Mabel, Noe y Sarah) le van a acompañar en ese viaje iniciático hacia una verdad desconocida y dura de digerir. Abel se va a rebelar contra el silencio y la apariencia, es un buceador que no va a parar hasta saber todo… Por eso, aunque la novela tenga envoltorio clásico en paisaje y paisanaje, esconde a un protagonista inconformista que rompe con una historia oficial profiláctica, pese a quien pese. Esta novela es un homenaje a la memoria del maquis, a la Transición atragantada, a demasiadas historias anónimas de niños desaparecidos, robados que aún siguen coleando en prensa y en los tribunales… Mis referencias literarias siempre han tenido un alto componente de preocupación estética, pero en esta novela he procurado escribir un texto limpio, al servicio de una historia éticamente exigente. Los personajes tiraban de mí para saber su verdad, y yo les dejé buscar… Acaso con Delibes, el Pedro Páramo de Rulfo, los cuentos de Clarín y Chéjov, y muy especialmente Karen Blixen, hayan velado por convertir esta novela en un libro de memorias.
Actualmente hay una excelente camada de narradores que rozan los cuarenta que me interesan mucho. A este lado y al otro del Atlántico… No voy a nombrar a ninguno, pero diré una característica común, más allá del género (fantástico, realista, de novela negra, thriller, memorialístico…) al que puedan estar adscritos. Todos escriben-escribimos cinematográficamente. La fuerza de la imagen ha presidido nuestra educación sentimental como escritores. Y es curioso ver cómo algunos llevamos la cámara al hombro junto con la pluma o la tecla del ordenador.

¿Tiene usted una relación personal con la Medicina, uno de los ejes centrales de la novela?
—Ninguna. De niño quise estudiar medicina porque me quería ir a trabajar a América como cooperante (Tenía una tía trabajando como maestra en Paraguay que reunía en su persona todo lo valiente, independiente, servicial y exótico que yo pudiera imaginarme). Era un sueño… Ser médico o maestro por “esos mundos de Dios”, como decían las abuelas. Pero cuando vi sangre por primera vez en un accidente familiar me temblaron demasiado las piernas. Hoy, en mi familia, se ríen de mí cuando se entretienen en alguna intervención quirúrgica: yo pido urgentemente que cambien de tema…
Medicina y educación son los dos pilares más fundamentales en el servicio público de cualquier país. Son las dos profesiones que más se debería mimar, animar y, desde luego, nunca “recortar”. La salud del cuerpo y del alma de la comunidad está en juego cuando a estos dos colectivos se les pone en entredicho, como en los últimos meses viene haciendo sistemáticamente la clase política desde sus despachos y coches oficiales. Espero que los médicos rurales de los últimos cincuenta años de la historia de este país se vean reflejados en la novela y reciban el homenaje que les he procurado rendir con Apuntes de medicina interna.

A lo largo de la novela, se aprecia una enorme evolución de los personajes. ¿Qué importancia tuvieron éstos en la génesis de la novela? ¿Se considera un autor de personajes?
—Mencionábamos antes a Delibes. Él siempre definió la novela como la suma y decantación de tres ingredientes: un paisaje, un personaje y una pasión. La pasión mueve el mundo: el amor, la posesión, la ambición, y también los gestos altruistas, desinteresados y locos… Los personajes de Apuntes tienen bastantes de estos ingredientes. Abel, el protagonista, es un joven cándido que ha vivido siempre a la sombra de las mujeres poderosas de la familia y, sí, evolucionará. En seis meses de estancia en la casona familiar dejará de ser ese niño de buenas notas que dice sí a los dictados de madre y abuela para convertirse en un joven al que se le abren perspectivas de futuro que quiere apurar hasta las últimas consecuencias. Y el resto de personajes evolucionará también a los ojos del protagonista: porque esta es una novela de falsas apariencias…

¿Cuál es su próximo proyecto?
—Primero disfrutar del encuentro con los lectores de Apuntes… Cada día recibo mensajes de lectoras, sobre todo lectoras, que me piden una segunda parte, que felizmente me dicen que se han quedado con ganas de más. Los clubs de lectura son una fuente inagotable de alegrías para un autor. En Valladolid, en Palencia, en Santander (y espero que en más lugares) cuento con varios grupos de lectura que en próximas fechas me invitarán a sus encuentros para debatir e intercambiar opiniones de la novela. El escritor necesita al lector con rostro, con nombre y apellidos, y yo me estoy encontrando con ell@s, por fortuna. Hay un libro de cuentos sobre personajes anónimos, casi marginados a los que les ocurre algo fuera de lo común, que está a punto de tener forma definitiva. Y hay, también, las notas de una posible segunda parte de Apuntes de medicina interna, con un Abel contemporáneo al autor, de pasados los cuarenta. Pero a mí siempre me ha gustado demorar los proyectos. Estamos hablando de arte, la literatura es una obra de arte, y las prisas o las exigencias editoriales son muy malas compañeras de viaje. En los próximos meses estaré muy atento a los ecos que despierte Apuntes… 

FOTOS: Eduardo Margareto